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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 37

Al ver que Rio no respondía, Zoa se inclinó ligeramente hacia él, intentando acercarse para hablar.

Pero, al reducir la distancia, el aroma profundo y sereno del sándalo invadió su nariz.

En un instante, su mente se quedó en blanco, como si hubiera hecho cortocircuito, y las palabras murieron en su garganta.

Parpadeó, presa del pánico, y se encontró directamente con unos ojos tan negros como la noche.

El hombre bajó la mirada, inescrutable. Unos mechones de cabello oscuro caían sobre su frente, y la luz de las velas del altar se filtraba a través de ellos, iluminando sus pupilas insondables.

Las pestañas de Zoa temblaron. Sintió que la inmensa sombra frente a ella no retrocedía, sino que, por el contrario, se inclinaba de forma casi imperceptible. Era como si lo estuviera haciendo a propósito.

—¿Qué quieres?

Cuando esa voz profunda y gélida resonó en el aire, el corazón de Zoa dio un vuelco. Se asustó tanto que instintivamente retrocedió.

Al intentar hablar, tartamudeó:

—Yo... vine a pedir un deseo. No, no, vine a rezar.

—Ya veo. Pues las plegarias exigen sinceridad absoluta —respondió él con frialdad, dándole una mirada cortante.

—...

¿Qué se suponía que significaba eso?

¿Acaso insinuaba... que debía quedarse arrodillada todo el rato?

Pero al recordar que necesitaba desesperadamente el almacén para ensayar, no tuvo más remedio que tragar saliva, acomodar sus rodillas y juntar las palmas de las manos.

—Dios mío, rezo por la familia Quintero, para que todo salga bien este año.

*Menos para Cristian.*

—Que todos tengan salud y paz.

*Menos Cristian.*

—Y que mis ensayos de baile salgan de maravilla... solo que... me falta un lugar espacioso. Te ruego que me ilumines el camino y me permitas encontrar un salón grande para practicar.

—Tu humilde servidora te estará eternamente agradecida.

Al terminar su discurso, Zoa abrió un ojo disimuladamente para espiar al hombre a su lado.

Rio debió haberla notado, pero mantuvo los ojos cerrados y dictaminó con voz grave:

—No hace falta que digas tus plegarias en voz alta.

Zoa apretó los labios con frustración. *Si no lo digo en voz alta, ¿cómo te vas a enterar tú?*

Pero asintió con fingida vergüenza.

—Ah, claro. Entonces lo repetiré en mi mente.

Era evidente que era un hombre devoto. Bastaba con mencionar la palabra «plegaria» para que le sacara más de una frase.

Zoa se quedó calladita, repitiendo el teatro mentalmente. Para demostrar que su «devoción» era genuina, se obligó a mantenerse arrodillada.

Poco a poco, no solo se le entumecieron las piernas, sino que el silencio y la paz del lugar la arrastraron a un letargo inevitable.

Tras unos segundos de ensoñación, su barbilla cayó pesadamente sobre la punta de sus propios dedos entrelazados.

Justo cuando sentía que el dolor la iba a hacer llorar, un sonido familiar y aterrador la despertó de golpe.

Capítulo 37 1

Capítulo 37 2

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