—De hecho, con Don Rio ella es... ¡Mmm! ¡Mmm!
Al escuchar hacia dónde iba la conversación, Rio pinchó un trozo de sandía con el tenedor y se lo embutió directamente en la boca a Mateo.
—Come.
Al ver la escena, el abogado casi se atraganta con el té.
Iba a soltar un comentario, pero Rio le lanzó una mirada que congelaba la sangre.
—Toma tu té.
—...
...
Durante la semana siguiente, toda la mansión Quintero se volcó en los preparativos para el Rito de los Ancestros.
Incluso Cristian salía al amanecer y regresaba a altas horas de la noche.
Zoa, al ser vista como una forastera sin valor, se quedó con mucho tiempo libre.
Además de monitorear las noticias de la competencia de baile, invirtió cada segundo en diseñar su coreografía y ensayar.
Pero tenía un gran problema: no tenía dónde practicar.
Su habitación era tan estrecha que ni siquiera podía estirar los brazos por completo.
En los jardines de la propiedad debía tener cuidado constantemente con el personal de servicio. Era imposible concentrarse.
Si alguien la descubría, Cristian movería cielo y tierra para sabotearla y despejarle el camino a Isabella.
De pronto, Zoa recordó el enorme almacén que estaba detrás de la residencia de Rio.
En todo el tiempo que llevaba viviendo en el Ala Oeste, jamás había visto a nadie acercarse a esa zona.
Pero, claro, necesitaba el permiso de Rio para usarlo.
El problema era que llevaba una semana sin verlo. Parecía que la estaba evadiendo a propósito.
Al pensar que Isabella también estaría en la competencia, Zoa decidió apostarlo todo.
Actuar como una niña inocente y seductora era algo que la primera vez daba nervios, la segunda ya era costumbre y a la tercera... se volvía un arte natural.
En un abrir y cerrar de ojos, Zoa ya estaba parada frente a la entrada del patio vecino.
Estaba a punto de cruzar la puerta cuando escuchó a dos empleadas cuchicheando.
—¿Tuviste esta oportunidad de oro y ni siquiera lograste ver a Don Rio una vez?
—Bueno, no exactamente. Don Rio me buscó en persona.
—¡Vaya! Si dicen que su carácter es peor y más frío que el de Cristian. ¿Para qué te buscó?
La primera empleada enarcó las cejas, intrigada.


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