La lluvia y el viento repiqueteaban incesantemente contra la ventana.
Zoa despertó lentamente; la enorme habitación solo estaba iluminada por la luz tenue de una lámpara de noche algo vieja.
Rio estaba sentado a un lado, dándole la espalda, con los ojos cerrados. Su silueta era recta y firme.
Tenía las manos descansando sobre las rodillas y un rosario colgaba con naturalidad entre sus dedos.
La mitad de su rostro permanecía oculta en la penumbra. Su perfil parecía el de una deidad sacada de una pintura antigua, profundo e inalcanzable.
Zoa no se atrevió a molestarlo, así que se escabulló de la cama y salió corriendo con pasos ligeros.
No se dio cuenta de que, a sus espaldas, el hombre movió lentamente una de las cuentas del rosario.
Aprovechando la oscuridad de la noche, Zoa regresó a su propia habitación.
Para su sorpresa, alguien la estaba esperando.
Era una de las empleadas de confianza de Cristian.
La mujer ni siquiera se molestó en mirarla a los ojos. Con un tono cargado de burla, dijo:
—El joven Cristian me pidió que viniera a avisarle que ya encontró sus gemelos.
Luego, señaló con desdén unas cosas sobre la mesa.
—Ahí están sus artículos de uso personal para este mes. Úselos con moderación.
Sin decir más, la empleada dio media vuelta y se marchó.
Zoa miró hacia la mesa; todo lo que había allí eran productos desechables.
Sobre el envoltorio de plástico había una nota escrita.
"Artículos desechables. Por favor, no reutilizar. Tírelos a la basura después de usarlos".
No había una forma más cruel de apuñalar a alguien directo en el corazón.
Cristian le estaba recordando, una vez más, lo barata y desechable que era para él.
Zoa soltó una sonrisa amarga, pero, curiosamente, sintió mucha más paz en su interior.
Agarró todas esas cosas, las arrojó directamente al basurero y se dio la vuelta para cambiarse de ropa.
Al desvestirse, palpó algo sobre sus hombros que no le pertenecía.
Una manta de cachemira.
Con razón no había sentido nada de frío hace un momento.
Tomó la suave manta entre sus manos, y en su mente apareció la profunda silueta del hombre bajo la luz de la lámpara.
Al pensar que se había quedado dormida frente a él, sintió que las mejillas le ardían.
Trató de reprimir esos pensamientos absurdos, se puso ropa limpia y se acostó directamente sobre el colchón desnudo.
Afortunadamente, la familia Quintero era generosa hasta con el personal; el colchón era de buena marca.
Se cubrió con la manta de cachemira y no tardó en quedarse dormida.
Pero el sueño pronto se transformó en una pesadilla. Al abrir los ojos en su sueño, estaba acostada en la cama de un hospital.

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