Antes, el Ala Oeste estaba deshabitada. Zoa solía colarse de vez en cuando y a nadie le importaba.
Pero ahora, ella estaba empapada, y sus pies estaban cubiertos de barro y restos de pasto.
Con un solo paso, arruinaría ese piso inmaculado.
Bajó la mirada; sus pestañas proyectaban una sombra temblorosa sobre sus mejillas. Miró a Rio con impotencia.
Él se estaba cambiando los zapatos.
Mateo fue el primero en reaccionar.
Rio vivía en el ala más apartada porque detestaba que lo molestaran; por eso, en la casa solo había un par de pantuflas que eran exclusivamente de él.
Incluso cuando Mateo entraba, tenía que usar cubrezapatos de plástico.
Era práctico y mantenía la casa impecable.
Pero no le podía pedir a una mujer que anduviera descalza usando solo cubrezapatos de plástico, ¿verdad?
Mateo lo pensó un segundo y, resignado, comenzó a quitarse sus propios zapatos.
—Señora Quintero, si no le molesta...
—Usa estas.
La voz firme de Rio lo interrumpió, deslizando sus propias pantuflas negras frente a los pies de Zoa, mientras le lanzaba una mirada cortante a Mateo.
Mateo se quedó petrificado.
Solo quería quedarse descalzo y usar los plásticos él mismo para que ella no pasara vergüenza.
¿Acaso hizo algo malo?
No se atrevió a cuestionarlo, se puso los plásticos rápidamente y se fue a buscar el botiquín.
Zoa agachó la cabeza y metió los pies en el calzado.
Eran unas pantuflas de cuero negro, de punta abierta. Al pisarlas, el contraste entre el calzado oscuro y su piel clara era abismal, al igual que la diferencia de tamaño.
Hasta ese momento se dio cuenta de lo verdaderamente imponente que era ese hombre frío.
Se sentía como una niña pequeña caminando con los zapatos de su padre.
Daba un paso y casi resbalaba.
Apenas avanzó un poco, tropezó y terminó cayendo de frente contra la espalda de Rio.
Para no irse al suelo, lo abrazó por instinto.
El abdomen del hombre se tensó de inmediato. Zoa sintió una descarga eléctrica, y su respiración agitada chocó directamente contra los omóplatos de él.
Bajo sus palmas, los músculos eran duros como roca, e incluso a través de la camisa, su piel ardía a una temperatura alarmante.
Los dedos de Zoa temblaron.
Al instante, la mano de Rio agarró su muñeca y, con una firmeza inquebrantable, la apartó.
Al moverse, el roce de las cuentas de madera contra su piel dejó una textura fría y peculiar.
En ese momento, Mateo regresó con una toalla limpia y el botiquín de primeros auxilios.
Al verlos en esa posición, sus ojos casi se salieron de sus órbitas. Pero bajo la mirada fulminante de Rio, dejó las cosas sobre la mesa con absoluto control, se dio la media vuelta y salió de la casa.
Rio soltó a Zoa, le entregó la toalla seca y se sentó en el sofá con el botiquín abierto.
—Ven aquí.
—Sí.
Zoa se secó el cabello y el cuerpo a medias, colocó la toalla sobre el tapiz del sofá para no arruinarlo y se sentó con extremo cuidado.
Se encogió en su sitio, viéndose pálida y vulnerable.
Rio frunció ligeramente el ceño y le extendió unas pastillas.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar