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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 126

No se dio cuenta de la mirada intensa y oculta con la que el hombre la observaba desde la distancia.

...

Como Cristian no asomó la cara por la casa, Zoa aprovechó para encerrarse en la bodega y ensayar su coreografía durante todo el día.

Pero cada vez que recordaba que todo su sudor y lágrimas habían sido robados y entregados en bandeja de plata a Isabella, la rabia le carcomía el pecho.

Su mente era un caos, sus piernas y brazos no lograban encontrar la fluidez ni la inspiración necesarias.

Simplemente no sabía cómo interpretar la pieza.

Al final, colapsó en el piso por el puro agotamiento. Abrió los brazos y las piernas, y se quedó mirando el cielo por la ventana, con la mente en blanco.

Al caer la tarde, las nubes grises devoraron el cielo, y una lluvia torrencial se desató sin previo aviso.

El sonido rítmico del agua golpeando el techo... tic, tac, tic, tac.

Ese compás natural hizo que varias imágenes brotaran de golpe en la mente de Zoa.

Alzó los brazos y comenzó a trazar movimientos en el aire, dejándose guiar por el sonido de la lluvia.

Cada paso de la coreografía tomó una nueva forma en su cabeza.

—¡Eso es!

Zoa intentó ponerse de pie para marcar los movimientos.

Pero su cuerpo le pasó factura por el sobreesfuerzo de los días anteriores. Estaba tan adolorida que le tomó casi un minuto completo lograr pararse.

*Mejor no. Ya fue suficiente por hoy.*

Decidió regresar a descansar un poco.

Apenas se acostó en su cama, la pantalla de su celular se iluminó.

Era un mensaje de Rio.

Zoa lo abrió de inmediato. Era el informe sobre Lorenzo.

Solo tenía tres páginas.

Por donde se le mirara, Lorenzo parecía el médico perfecto.

No solo salvaba vidas, sino que había traído al mundo a cientos de recién nacidos. Era prácticamente el rostro de la esperanza en el hospital.

¿Por qué un hombre con un perfil tan noble se rebajaría a ayudar a Isabella y a Cristian a orquestar un intento de asesinato en forma de accidente?

Zoa deslizó el dedo por la pantalla.

La última página era una fotografía ampliada.

Ocho personas, entre hombres y mujeres, sonreían hacia la cámara sentados alrededor de una mesa de restaurante.

Parecía una cena de celebración.

Zoa analizó los rostros uno por uno y se dio cuenta de que Pablo, el anestesiólogo, también estaba ahí.

Apoyada en su brazo, había una mujer despampanante, con facciones de muñeca.

El ojo clínico de Zoa notó de inmediato que la mujer estaba operada.

En el pasado, algunas compañeras de danza solían aprovechar las vacaciones para hacerse retoques estéticos, y luego se reunían a intercambiar consejos.

Gracias a eso, Zoa sabía identificar las huellas del bisturí.

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