Sus miradas se encontraron y el aire en la habitación pareció evaporarse.
Zoa tragó saliva suavemente, humedeciéndose los labios por mero instinto.
La respiración del hombre se volvió pesada de golpe. Sus ojos oscuros eran tan profundos que amenazaban con devorarla, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse desde su interior.
Sus largos dedos se aferraban a la tela del vestido, y un calor abrasador emanaba de sus yemas, envolviendo a Zoa en una presión invisible e irresistible.
Él se inclinó ligeramente, y sus respiraciones comenzaron a mezclarse, enredándose en el reducido espacio que los separaba.
La barrera invisible entre ambos pendía de un hilo. Solo un milímetro más, y el autocontrol se haría añicos.
Zoa se quedó congelada, olvidando por completo que debía apartarse.
Pero... justo en el filo del precipicio, Rio se detuvo.
Bajó la mirada y tomó una respiración profunda, llenando sus pulmones de aire.
Cuando volvió a mirarla, toda la intensidad había retrocedido detrás de sus muros de contención.
El fuego ardiente se transformó en un silencio estoico.
Solo Zoa, atrapada en sus brazos, era consciente de lo tensos que estaban sus músculos.
Era como si el cuerpo de ese hombre fuera una jaula que apenas lograba contener a una bestia salvaje.
Rio la sentó con cuidado sobre una mesa junto a la pared, y habló con voz ronca.
—Olvidaste tus medicinas en mi auto.
Zoa sintió cómo el calor le quemaba las mejillas durante varios segundos antes de poder reaccionar.
—Gracias, Rio.
Extendió la mano rápidamente para tomar el pequeño estuche, pero notó que el empaque estaba casi aplastado por la presión de los dedos de él.
Lo miró de reojo.
*¿De verdad tiene tanta fuerza?*
Rio apartó la mirada de inmediato.
—Aún sirve.
Zoa asintió e intentó levantar la pierna, pero con el peso del yeso, le resultó imposible moverla.
Rio jaló una silla, se sentó frente a ella y, sin pedir permiso, levantó su pierna herida y la apoyó sobre su regazo.
El corazón de Zoa dio un vuelco. La escena le resultaba tan irreal que parecía sacada de una película.
No pudo evitar quedarse mirándolo.
Su expresión seguía siendo tan gélida y distante como siempre, pero los movimientos de sus manos eran increíblemente delicados.
Incluso la forma en que anudaba la venda parecía una obra de arte.
Impecable, limpio, perfecto.
Después de unos momentos, Zoa recordó el verdadero motivo por el que estaba ahí.
Jugó nerviosamente con el borde de su vestido y habló con tono tentativo.
—Rio... hay algo que no te conté.
—¿De qué se trata?
—La verdadera razón por la que tenía tanta prisa en salir del hospital es porque... descubrí que alguien me estaba vigilando.
Mientras hablaba, Zoa se inclinó sutilmente hacia él, bajando el tono de voz.
—Rio, busqué en internet y el nombre de ese hombre es Lorenzo. Tú tienes negocios con los directivos de ese hospital, ¿verdad? ¿Podrías averiguar algo sobre él?

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