*¡Pum!*
Las rodillas de Otilia se estrellaron contra el suelo con un ruido sordo, como si fueran a romper las baldosas.
Cayó hacia delante, golpeándose los codos.
—¡Casi matas a Juli! ¡Con que no te tire yo por las escaleras ya tienes suerte! ¿Y encima no quieres pedirle perdón? ¡Qué descarada! —le espetó Darío, con odio.
»¡Si no te doy una buena lección hoy, que me cambien el nombre!
Se abalanzó sobre ella y le dio una patada en los riñones.
Otilia, por instinto, se acurrucó, protegiéndose la cabeza y el abdomen.
Pero Darío no se detuvo. Siguió golpeándola y gritando:
—¡Para que aprendas a no meterte con Juli! ¡Zorra descarada! ¡Casi la matas y ni siquiera te arrepientes! ¡No hay mujer más malvada en el mundo!
Los puñetazos, los insultos…
Por un momento, Otilia creyó estar de vuelta en ese infierno.
La golpeaban, la pateaban, le escupían, le orinaban encima, la llamaban basura inútil, perra callejera…
Había intentado esconderse.
Debajo de la cama, en el armario, incluso en el cubo de la basura.
Pero siempre la encontraban.
Y entonces, los insultos y los golpes interminables. La torturaban de todas las formas imaginables.
Solo torturándola, conseguían una recompensa de los profesores.
Un bolillo, una botella de agua, una salchicha…
Para los profesores de la Academia, su vida, al borde de la muerte, valía eso.


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