La imagen de esas pesadillas la invadió. Una furia destructiva se apoderó de ella.
Aunque seguía protegiéndose la cabeza, sus ojos, entre los brazos, se clavaron en Darío, llenos de odio.
—¿Q-qué miras?
Su mirada enfureció aún más a Darío.
—¡La empujaste hace dos años y la has vuelto a empujar ahora! ¿No mereces una lección?
La agarró de la muñeca, con una fuerza que amenazaba con rompérsela.
—¡Ahora mismo, vas a pedirle perdón a Juli!
El tirón la hizo tambalear. La muñeca le dolía, pero no soltó ni un gemido.
—Ya me he disculpado con la señorita Aguilar. ¿Podría soltarme, por favor, señor Guzmán? —dijo, conteniendo la rabia y el malestar.
Darío miró a Juliana.
—Es cierto, ya se ha disculpado —dijo ella—. Y-yo la he perdonado.
Pero su expresión decía lo contrario.
—¡Juli, casi te mata! ¿Cómo puedes conformarte con una simple disculpa? —exclamó Darío, apretando con más fuerza.
»Además, no ha sido sincera. Alguien como ella solo aprende a base de palos.
Con la otra mano, le sujetó el cuello y la obligó a bajar la cabeza.
—¡Arrodíllate y pídele perdón a Juli!
Arrodillarse…
Pedir perdón…


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