Julio siempre había sido un hombre de modos refinados y elegantes. Solo con Bruno se permitía mostrar su lado más relajado.
—¡Oye! —protestó Bruno—. Llevas toda la vida llevándome la contraria. ¿Qué te cuesta llamarme hermano una vez? Además, en la próxima vida también naceré antes que tú, así que tendrás que llamarme hermano de todas formas.
—Sueñas despierto —replicó Julio, poniendo los ojos en blanco de nuevo—. Quizás en la próxima vida nazca yo primero, y entonces serás tú quien tenga que llamarme hermano.
Al decir esto último, una chispa de ilusión infantil brilló en sus ojos.
—¡Eso quisieras tú! —exclamó Bruno, lanzándole una almohada—. Tú estás mucho más sano que yo. Cualquier día de estos estiro la pata, ¡y entonces sí que te veré llorar!
—¡Toca madera! —dijo Julio, devolviéndole la almohada—. ¡Ni bebiendo agua te callas!
Bruno soltó una carcajada, sin ofenderse, y no dijo más.
Julio había salido de un pueblo perdido en las montañas. Gracias a la ayuda de Bruno, había podido terminar sus estudios e ir a la universidad. Al graduarse, entró a trabajar en el Grupo Aguilar, directamente a las órdenes de Bruno. A lo largo de los años, habían superado juntos innumerables crisis, forjando una amistad que iba mucho más allá de una simple relación laboral. Sus bromas eran una costumbre, y ninguno de los dos se las tomaba a pecho. Lo que no sabían era que, a veces, el destino tiene un retorcido sentido del humor y convierte las palabras en profecías.
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