—¡Ah! ¡Para! ¡Para ya! ¡Otilia, zorra, quítate de encima!
Darío, entre gritos de dolor, seguía insultándola.
Intentó quitársela de encima, pero Otilia, como una montaña, lo inmovilizaba.
Otilia, apretando los dientes, seguía golpeándolo, una y otra vez, con la intención de matarlo.
La escena dejó a todos paralizados.
Karim, protegiendo a Juliana, les gritó a los demás:
—¡¿Qué hacen ahí parados?! ¡Sepárenlos!
Reaccionaron y corrieron a separar a Otilia.
Pero Otilia, como una loca, arañaba y mordía a cualquiera que se le acercara. Uno de los hombres acabó con un arañazo sangriento en la cara.
Seguía a horcajadas sobre Darío, atacando a cualquiera que se interpusiera, y cuando la dejaban, volvía a ensañarse con él.
Alguien le había dicho una vez que si te atacaba un grupo, tenías que centrarte en uno solo.
Arañar, patear, morder. Usar todo lo que tuvieras a tu alcance. Con todas tus fuerzas. Con la intención de matar.
Porque si no eras lo suficientemente cruel, el que acabaría en el suelo, apaleado hasta la muerte, serías tú.
Todos estaban aterrorizados.
—¿E-está loca?
Alguien lo dijo, con voz temblorosa. Nadie se atrevía a acercarse.
A este paso, lo mataría.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Su Regreso, Su Remordimiento