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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2697

Dúnya, inquieta, lo miró con una mezcla de sorpresa y preocupación en los ojos.

—¡¿Ha pasado algo?!—

Abel, jadeando, con una expresión tensa y una voz lastimera, dijo:

—Ayer quedamos en venir juntos, ¿por qué no me has esperado?—

Dúnya: —... Me levanté temprano para preparar algo de comer para Laín y Ledo, quería que comieran antes de irse, así que salí antes.—

Abel miró la fiambrera que llevaba en la mano.

—Entonces, ¿por qué no me llamaste para venir juntos?—

Dúnya: —... Cuando terminé, todavía era temprano y como te acostaste tarde anoche, no quise molestarte. ¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?—

Abel no respondió a su pregunta y volvió a preguntar:

—¿Y por qué has venido andando? ¿Por qué no has cogido el coche?—

Dúnya: —... No sé conducir.—

¡Solo sabía montar a caballo!

No sabía conducir ni montar en moto, ni siquiera en bicicleta.

Abel siempre decía que le enseñaría, pero nunca encontraban el momento.

O él no tenía tiempo, o ella no lo tenía. El caso es que siempre se les pasaba la oportunidad.

Abel, ofuscado por la prisa, había olvidado que ella no sabía conducir.

Los labios de Abel se movieron y, con cautela, preguntó:

—¿Me... me estás evitando a propósito?—

Dúnya: ... Sí y no.

Había salido temprano para evitarlo, pero no era solo por él.

A Laín y Ledo les encantaba el pastel de leche que ella hacía. Como se iban a estudiar fuera y tardarían mucho en volver, había preparado una buena cantidad para que se la llevaran a la universidad.

Una vez frío, el pastel de leche se conservaba bien durante un tiempo.

Con el tiempo que hacía, aguantaría tres o cinco días sin estropearse.

Los niños empezaban una nueva etapa en la universidad, y todos les habían hecho regalos. Ella no sabía qué regalarles...

Tampoco tenía dinero para comprarles regalos caros.

Dependía de otros para su propio sustento...

Aunque Aspen y Abel le habían dado mucho dinero, no lo consideraba suyo.

Y los niños tampoco andaban escasos de dinero.

Sin contar lo que ellos mismos habían ahorrado, solo con lo que les habían dado Orion, Abel, Gael y los Ortega, tenían de sobra para gastar.

Así que les hizo a los niños unos saquitos de la suerte para protegerlos, un pequeño detalle.

Después de tantos años con ellos, les tenía mucho cariño.

Hoy, además, había preparado el pastel de leche favorito de Laín y Ledo para dárselo junto con los saquitos.

Al ver que Dúnya no respondía, Abel volvió a preguntar:

—¿Me estás evitando?—

Dúnya no sabía qué responder. En ese momento, Gael y Tania pasaron por allí.

—¿Qué os pasa? ¿Se ha estropeado el coche?—

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