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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2681

Nano, con cinco años, ya estaba en el último curso de preescolar.

Su afán por aprender era insaciable, y no paraba de seguir a Tesoro para que le enseñara a leer, escribir y hacer cuentas.

A Tesoro, que ya de por sí no le gustaba estudiar, le fastidiaba enormemente que, nada más llegar a casa, tuviera a un pesado detrás pidiéndole clases.

¡Qué fastidio!

Por supuesto, Tesoro se negaba a enseñarle.

Pero si no lo hacía, él se ponía a lloriquear y a llamarla sin parar: —Hermana, hermana, hermana...—.

Tesoro, harta de él, lo echó varias veces.

Pero él siempre se sentaba en la puerta a hacer un berrinche, llorando y gritando su nombre a pleno pulmón, como si le hubieran hecho la mayor de las injusticias.

En esos momentos, Carol y Lola intentaban consolarlo, pero no había manera.

Carol, resignada, no tenía más remedio que pedirle a Tesoro que cediera.

—Todavía es pequeño, no se da cuenta de las cosas. Cuando crezca, ya no te molestará con los estudios. Por favor, por tus padrinos y por el abuelo Hidalgo y la abuela Olivia, enséñale un poco, ¿sí?—.

Tesoro, aunque de boquilla era dura, en el fondo era un trozo de pan y no soportaba verlo llorar.

Al fin y al cabo, era como su único hermano menor. Le molestaba, sí, ¡pero no podía evitar quererlo!

¿Cómo no iba a quererlo, si la llamaba hermana?

¿Y cómo no, si todos los años le daba su aguinaldo para comprarle regalos?

Así que, a regañadientes, Tesoro aceptó la tarea, convirtiéndose a sus diez años en la «tutora exclusiva» de Nano.

Como no le hacía ninguna gracia, su trato con Nano era, por supuesto, poco amable y muy estricto.

Al más mínimo error, Nano se llevaba una reprimenda.

—¡Nano, siéntate derecho!—.

—Nano, ¿tengo flores en la cara? ¡Mira tu cuaderno! ¡Si no escribes bien, te voy a dar una paliza!—.

—Nano, ¿estás buscando que te dé una tunda?—.

—¡Nano! ¿Eres tonto o qué?!—.

Cada vez que lo regañaban, Nano ponía pucheros y miraba a Tesoro con cara de pena.

Con sus cinco años, Nano ya medía más de un metro veinte y siempre iba vestido a la última.

Fuera de casa, era el principito de la familia Hidalgo, el centro de todas las miradas.

¡Pero delante de Tesoro, no era nadie!

¡Como mucho, un saco de boxeo!

¡Y lo peor es que estaba pegado a Tesoro como una lapa!

Nada más salir de clase, se iba corriendo con su mochila al Jardín Número Uno.

Como la primaria terminaba más tarde que el preescolar, se sentaba sin ninguna vergüenza en la puerta del Jardín Número Uno a esperar.

Cuando Tesoro llegaba, él saltaba y gritaba de alegría:

—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Hermana!—.

Los compañeros y profesores de Tesoro sabían que no solo tenía cuatro hermanos mayores, sino también un hermano pequeño.

¡Y que ese hermano no solo era un llorón, sino también un pegajoso!

Ese año, cuando los niños cumplieron diez años, también hubo grandes noticias.

¡Don Ibarra se convirtió en el director del proyecto de investigación de El Abismo!

Supervisó personalmente la selección del personal de investigación y, una vez elegidos, entregó sus expedientes a Aspen para que los ancianos de la montaña los revisaran.

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