—¿Y todavía tienen la cara de llorar? ¿Quién fue el que dijo que no se podía llorar si se perdía, que llorar era de cobardes?—.
Los tres hermanos, entre sollozos, respondieron:
—Lo dijimos nosotros, pero no queríamos llorar. ¡Son las lágrimas las que no paran de caer, no es culpa nuestra!—.
Don Ibarra se quedó sin palabras: ...
Ledo soltó una carcajada. —Me gusta esa actitud, la admiro—.
Los tres hermanos, al oírlo, miraron a Ledo y luego a don Ibarra.
—¿Has oído, tatarabuelo? ¡Alguien nos admira!—.
Don Ibarra: ...
Los tres hermanos se secaron las lágrimas, se levantaron y se acercaron a Ledo.
—Oye, amigo, ¿cómo es que eres tan fuerte? ¿Quién te enseñó a luchar?—.
—Enséñanos, por favor. Si nos enseñas, te prometemos que si alguna vez tienes problemas, ¡te ayudaremos!—.
—Podemos hacernos hermanos de sangre. Te llamas Ledo Bello, ¿verdad? Yo soy Carlos Ibarra, y él es...—.
La amistad entre niños es así de simple y directa.
En un momento se están peleando, y al siguiente ya son como hermanos.
Don Ibarra, observando cómo se alejaban los niños, suspiró.
—¡Esos son los que más dolores de cabeza nos dan en la familia!—.
Laín sonrió. —Pero son optimistas y no se andan con tonterías. Si les gustan las artes marciales, podrían aprender de Ledo—.
Don Ibarra soltó un largo suspiro.
—Más tarde, dile de mi parte a Ledo que le regalaré un gimnasio. Cuando esté reformado, me pondré en contacto con ustedes—.
—De acuerdo, gracias, tatarabuelo—.
Don Ibarra se volvió hacia Laín y no pudo evitar suspirar con admiración.
—¡Qué suerte tiene Aspen! En cuanto a hijos, nadie puede compararse con él—.
Decir que los cinco hermanos eran extraordinarios, era algo que nadie podía negar.
...

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