Aspen no dijo nada, suspiró para sus adentros y entró en la casa junto a Laín.
Dentro había bastante gente.
Estaban Seguro Ibarra y sus guardias, y también Ethan con su abogado y sus matones.
Al lado, alguien grababa todo con una cámara.
A Aspen no le importó. Si él quería, ese video jamás vería la luz del día.
¡Que grabaran lo que quisieran!
Aspen y Laín se acercaron a Seguro. —Señor Ibarra—.
Seguro asintió y les indicó que se sentaran.
Ethan los miraba con cara de pocos amigos, visiblemente molesto.
—No entiendo por qué el señor Bello se mete en esto. ¡Usted mismo dijo que esta herencia no tiene nada que ver con usted! ¿O es que le sobra el tiempo?—.
Aspen respondió: —Vengo en representación de Aleph—.
Al oír el nombre de Aleph, la cara de Ethan se ensombreció aún más, porque sabía que la herencia de su tío abuelo iba a ser íntegramente para Aleph.
Ethan preguntó: —¿Qué relación tiene usted con Aleph?—.
Aspen: —No tengo por qué decírselo—.
Ethan, molesto, insistió: —¿Entonces con qué derecho dice que viene en su nombre?—.
Aspen replicó: —Podemos presentar un poder notarial, pero no se lo mostraremos a usted. Si llegamos a juicio, se lo enseñaremos al juez—.
Tras decir esto, Aspen preguntó:
—¿Dónde está el testamento de don Matías?—.
Ethan miró a su abogado, quien se levantó y le entregó el testamento a Aspen.
Ethan no se olvidó de advertir:
—¡Les recuerdo que estamos grabando, así que cuidadito con lo que hacen!—.
Aspen lo ignoró y se puso a leer el documento.
Seguro y Laín también se acercaron para verlo.
En el testamento se especificaba claramente que toda la herencia sería para Ethan, y llevaba tanto la firma como el sello.
Había sido firmado apenas unos días antes.
Seguro no conocía bien al bisabuelo, ni tampoco su letra, así que preguntó:
—¿Es la firma de don Matías?—.
Laín, que era quien mejor conocía la caligrafía de su bisabuelo, la examinó detenidamente durante un buen rato y asintió. —¡Sí, es la suya!—.
Seguro frunció el ceño...
Ethan, con aire de suficiencia, dijo:
—Ya les había dicho que tenía un testamento firmado por mi tío en persona. En cuanto a ese tal Aleph del que hablan, no tiene ninguna relación con mi tío. ¿Por qué iba a dejarle la herencia a él?—.
Dicho esto, se dirigió a su abogado:
—¡Recógelo ya, no vaya a ser que de la envidia me lo rompan!—.
El abogado se acercó y recuperó el testamento.
Ethan añadió:

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