Ethan, al ver que Aspen hablaba con calma y no parecía mentir, cambió de actitud de inmediato.
—No es que dude de usted, señor Bello. Solo me preocupa que algún delincuente se haga pasar por usted para ver a mi tío. He oído hablar mucho de usted, señor Bello. Un placer conocerlo.
Ethan le tendió la mano a Aspen, quien se la estrechó de forma superficial.
—¿Podemos entrar ya?
Ethan preguntó: —¿Tiene algún asunto que tratar con mi tío?
Aspen respondió: —Nada importante, solo he venido a visitarlo.
Ethan entrecerró los ojos.
—Si no es nada importante, por favor, retírese. Mi tío no recibe visitas hoy. No se encuentra bien y solo quiere descansar, no hablar. Le diré que ha venido, agradecemos su gesto, pero por favor, váyase.
Ethan se dio la vuelta para entrar en la habitación. Aspen, con voz fría, lo detuvo: —¡Alto!
Ethan se giró. Al ver la expresión de Aspen, frunció el ceño.
—¿Qué pasa, señor Bello?
Aspen dijo: —Ya que he venido, tengo que ver a don Matías. Es algo que acordamos. Si no me deja entrar, tendré que pasar por encima de usted.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir? ¿Piensa pegarme? Le advierto, Aspen, no crea que por ser el hombre más rico del país puede hacer lo que le da la gana. Dentro de poco, ya veremos quién es el más rico.
Los guardaespaldas de Ethan se interpusieron para protegerlo. Uno de ellos señaló a Aspen.
—¡Te lo advierto, maldito…! ¡Crack! ¡Ah!
Un crujido de huesos fue seguido por un grito de dolor.
Pero antes de que nadie pudiera reaccionar, el hombre se quedó en silencio.
En menos de dos minutos, todos los corpulentos guardaespaldas estaban en el suelo.
No se sabía exactamente dónde estaban heridos, pero se retorcían de dolor, agarrándose el estómago sin poder emitir un solo sonido.
Ethan, atónito, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas, balbuceó: —Tú… tú…
Ledo lo apartó de un empujón. —¡Quítate de en medio!
Ledo ya no los soportaba, y encima se atrevían a señalar con el dedo. ¡Se lo habían buscado!
Ledo se sacudió las manos y miró a Carol.
—Mami, entren. Yo vigilo la puerta. Sin su permiso, no entrará nadie.
Carol, sin prestar atención a los hombres en el suelo, entró corriendo en la habitación.
Aspen y los demás también entraron.
Ethan, al verlos, intentó seguirlos. Ledo cerró la puerta y, con una pierna, le bloqueó el paso.
—Sin el permiso de mis padres, no dejaré pasar ni a un insecto. ¡Quien se atreva a entrar a la fuerza, primero le romperé las piernas, luego las manos y, por último, unas cuantas costillas!
Ethan, con los ojos muy abiertos y los labios apretados, miró furioso al chico alto y delgado que tenía delante.
Luego miró a sus matones en el suelo, tragó saliva y, asustado, no se atrevió a hacer nada. Se apartó y sacó el teléfono para hacer una llamada.
Ledo entonces entreabrió la puerta y miró hacia dentro. Al ver a su bisabuelo mayor tumbado en la cama, con una mascarilla de oxígeno y los ojos cerrados, sintió un nudo en la garganta…
Dentro de la habitación, Carol estaba examinando al abuelo mayor.
Aspen y los niños observaban a su lado.
Después de un rato, Carol se secó las lágrimas, sorbió por la nariz y se giró.

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