—Hasta que le pregunté si no sería ilegal que yo anduviera con un estudiante de secundaria, y si un estudiante de secundaria podía casarse. ¡Ahí fue cuando se dio cuenta de lo tonta que había sido!
—¡Dijo que tu atractivo la había dejado sin neuronas! ¡Jaja!
Gael sonrió levemente, no porque la compañera de su esposa fuera graciosa, sino porque ella sonreía.
Su felicidad era la suya.
El semáforo cambió a verde y Gael puso el coche en marcha hacia la residencia.
Tania continuó hablando:
—Ahora voy por la vida presumiendo. Cuando una compañera presume de tener mejor cuerpo que yo, pienso para mis adentros: "Aunque mi cuerpo no sea gran cosa, ¡mi esposo es guapísimo!".
—Cuando un compañero presume de sus logros en el trabajo, me burlo en mi interior: "¡Ja, mi esposo es mucho mejor que él!".
—Eres mi alimento espiritual y mi pilar. No importa a qué me enfrente, con solo pensar en ti, me convierto en una Sailor Moon, ¡con una actitud a prueba de todo!
—¡Cuando pienso en ti, siento que soy invencible!
—Un hombre tan guapo, tan puro y tan fiel, ¡y es mi esposo, jaja!
Gael se giró para mirarla, con una sonrisa de cariño en los labios.
Durante todo el camino, ella no paró de hablar y reír. Antes, a Gael le parecía que hablaba demasiado, que era ruidosa.
Pero desde que se enamoró de ella, ya no le parecía que hablara mucho; al contrario, la encontraba vivaz y adorable.
Escucharla hablar, verla reír, era una forma de felicidad.
Una felicidad que nunca antes había experimentado, una que el dinero no podía comprar.
Media hora después, llegaron a la residencia.
Al entrar en la casa, Tania gritó a pleno pulmón:
—¡Papá, mamá!
Rafael y Beatriz, que estaban ocupados en la cocina, salieron al oírla y los saludaron con entusiasmo:
—¡Ya llegaron! Vayan a lavarse las manos, la cena está casi lista.
Tania se quitó los tacones y se puso unas zapatillas, entrando directamente a la casa.
Gael se quedó en la entrada. Después de cambiarse los zapatos, guardó los de ambos en el zapatero, bien ordenados.

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