Orion contestó: "¡Porque la vida debe tener un sentido de ritual!"
"...Poner cinco pinchos de unos pesos en tu plato de cinco mil, sí que es un ritual."
Samira, siendo una estrella, no era ajena a las marcas de lujo.
El juego de platos de la casa de Orion provenía de un taller artesanal en Italia, y un simple platillo ya costaba una fortuna.
Era un lujo discreto que atraía a los jóvenes con buen gusto.
Orion arregló los pinchos en el plato.
"Si me gusta, unos pinchos pueden ir en un plato de cinco mil, o incluso mejor. Al fin y al cabo, lo que nos gusta no tiene precio, lo que amamos es lo más caro."
Samira no contestó, pero la afirmación de Orion coincidía con sus estándares para elegir pareja.
Él no se fijaba en el dinero de la otra persona, solo en si era honesta, sana y le gustaba.
Podía elegir a una princesa o a una cenicienta.
Para él, una princesa y una cenicienta eran iguales; sin importar de dónde vinieran, lo que le gustaba era lo mejor.
Orion sabía leer el corazón de las mujeres. Al verla entrar, notó que no estaba muy contenta y añadió:
"Este lugar tiene magia, puede sanar el corazón. Cuando te sientas mal, ven a quedarte una noche, te garantizo que al día siguiente estarás mejor."
Sus palabras, aunque engañosas, Samira las creía.
"¿Es por el faro?"
"Sí, es muy reconfortante."
Ambos, sin decir más, miraron el faro.
En la oscura línea del horizonte del mar, había una luz que brillaba, como si una persona en medio de la desesperación viera de pronto una esperanza. Realmente era reconfortante.
Sin embargo, al mirar, Samira se sintió inexplicablemente triste.
Desde que entró en esa casa, los recuerdos de ella y Enrique comenzaron a resurgir en su mente.
Cuando quisieron comprar esa casa, estaban muy enamorados.
Para ser exactos, ella lo amaba profundamente mientras él actuaba con esmero.
¿Cómo decirlo? Enrique era un verdadero patán, pero en su momento, ella lo amó de verdad.
"¡Prometimos no parar hasta emborracharnos! De todos modos, aquí contigo estoy segura."
Orion notó que ella tenía mucho en mente, pero no preguntó de inmediato.
"Aquí, por supuesto, estás segura. ¡Yo me juego la vida por mi abuela y me emborracho contigo! Pero primero, con los pinchos, tomemos unas cervezas."
Orion se dio la vuelta para buscar las cervezas.
Aunque era para acompañarlo a beber, él daba a entender que él la acompañaba a ella.
Samira no lo corrigió, se sentó en silencio frente al ventanal, mirando el faro a lo lejos.
Aún sin haber comenzado a beber, su mirada ya se veía perdida.
No sabía por qué, pero en ese momento, la tristeza más profunda que guardaba en su corazón, esa que evitaba tocar a diario, de repente emergió.
Se sentía completamente reprimida, su estado de ánimo era bajo.
Estaba un poco triste, un poco con ganas de llorar.
Orion volvió con las cervezas y al ver su estado, entrecerró los ojos...

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