—¿Qué? ¿Tienes miedo?
Daniela, al ver lo que Fernanda estaba pensando, soltó una risa fría.
—Solo porque es de la familia De la Vega, ¿ya no te atreves a hacer nada?
La voz de Fernanda sonó un poco más débil.
—Pero la madre de Verónica tuvo que ceder ante los De la Vega...
—No es más que una De la Vega, ¿qué tiene de especial?
Daniela esbozó una media sonrisa.
—¿No has pensado por qué los De la 'Vega han metido a Isabela en el programa internacional y a Natalia solo en el curso ordinario?
El programa internacional costaba trescientos mil pesos al año, mientras que el curso ordinario no llegaba ni a tres mil.
Los ojos de Fernanda se iluminaron.
—¡Porque los De la Vega prefieren a Isabela!
Daniela soltó una risa ahogada.
—No es más que una heredera caída en desgracia, ¿qué tiene de especial?
—Además, justo antes la he oído discutir con el señor De la Vega en el piso de abajo. El tono de voz no era el de una familia. Se notaba que al señor De la Vega tampoco le gusta.
—Así que, Fer, no hay nada que temer.
Daniela ya tenía un plan en mente.
—Mañana iremos a disculparnos con ella, a reconocer nuestro error, a fingir que hacemos las paces, a convencerla de que vuelva a dormir aquí y luego, mientras duerme, le robaremos el reloj.
—Sin que se entere, no se dará cuenta.
—Y aunque se diera cuenta, ¿qué? No hay cámaras en la habitación, no tiene pruebas de que se lo hemos quitado nosotras.
...
En la 602, la habitación de Ana Sofía.
Ana Sofía estaba ocupada haciendo la cama.
Natalia, con las piernas cruzadas, estaba sentada en la cama de enfrente, observándola en silencio.
Ana Sofía, a mitad de la tarea, se giró para mirarla y, pensándolo, sacó de su armario los mangos secos y los frutos secos que había traído de casa.
—Natalia, si te aburres, come algo. Por cierto, estos arándanos secos están especialmente ricos, puedes probarlos. Y estas galletas de nuez tampoco están mal.
La respiración de Natalia era tranquila y ligera.
De verdad se había quedado dormida...
Ana Sofía echó un vistazo a la ropa y los zapatos que Natalia no se había quitado, y al arándano seco que aún sostenía en la mano, a punto de metérselo en la boca. Se rascó la cabeza, avergonzada.
¿Tenía tanta prisa?
Que Natalia estuviera tumbada así de cualquier manera no era plan. Si dormía así, aunque no se resfriara, seguro que se levantaba con tortícolis.
Ana Sofía no tuvo más remedio que quitarle el medio paquete de arándanos secos que le quedaba, quitarle los zapatos, colocarle la cabeza en la almohada y taparla suavemente con la manta.
Viendo que ya estaba bien, Ana Sofía se subió a su propia cama.
Apenas apagó la luz y se acostó, de la cama de enfrente empezó a llegar un fuerte ronquido.
Ana Sofía, sobresaltada, abrió los ojos.
El fuerte ronquido de Natalia le llenaba los oídos.
Ana Sofía, en la oscuridad, miraba al techo y no pudo evitar preocuparse.
Si Natalia roncaba así en la 701, ¿de verdad Verónica y las demás no intentarían asfixiarla mientras dormía?

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