Las jóvenes de la alta sociedad envidiaban a Isabela hasta la médula.
Isabela se durmió con una sonrisa en los labios.
Se puso el despertador muy temprano.
A la mañana siguiente, se levantó al alba para arreglarse y ponerse guapa.
Cuando llegara el momento, podría incluso hacerse una foto con el profesor Cuevas y publicarla en sus redes sociales, para que todo el mundo supiera que era su alumna.
Carmen también se levantó temprano. La cita con el profesor Cuevas era a las nueve, y temiendo que algo no estuviera a la altura, se preparó con antelación.
Ricardo, Mateo y los demás decidieron esperar a que el profesor Cuevas se fuera para ir a la oficina.
Así que, a excepción de Natalia que seguía durmiendo, toda la familia De la Vega estaba esperando a Germán Cuevas.
—Isa, qué envidia me das. ¿Cómo lo haces para sacar siempre tan buenas notas? —le decían las jóvenes, rodeando a Isabela.
—Seguro que el profesor Cuevas te ha elegido porque vio que tus notas eran excelentes.
—¡Y no es para menos! ¡Las notas de Isa siempre están entre las treinta mejores de la ciudad!
—Isa, si el profesor Cuevas te ayuda con las clases, ¿crees que podrías sacar la mejor nota de selectividad?
—Seguro que Isa no tiene ningún problema, ¡el profesor Cuevas ha formado a cinco de los mejores alumnos de selectividad seguidos!
Isabela disfrutaba de la sensación de ser el centro de atención. Aunque se esforzaba por reprimir su emoción, una ligera sonrisa no dejaba de asomar en sus labios y sus mejillas se sonrojaron.
Viendo que ya era casi la hora, el mayordomo entró apresuradamente.
—¡Señora, señorita, el profesor Cuevas ha llegado!
Germán Cuevas se había adelantado veinte minutos, llegando a la puerta de la casa de los De la Vega a las ocho y cuarenta.
—¡Rápido! —Al oírlo, Carmen se levantó de un salto, emocionada, y se dirigió rápidamente a la puerta.
Isabela, ansiosa, la siguió de cerca.
Pronto llegaron a la puerta de la mansión.
Germán Cuevas, de unos cincuenta años, tenía un rostro cuadrado y serio, llevaba gafas y una expresión impasible, lo que le daba un aire de profesor de matemáticas estricto y meticuloso.
Estaba de pie en la puerta esperando, mirando con curiosidad hacia dentro.
A decir verdad, estaba más nervioso que la familia De la Vega.
¿Cómo sería esa chica de Alejandro?
Finalmente, al ver que se acercaba gente, se enderezó y recuperó su expresión seria.
—Señora De la Vega, iré al grano. Hoy he venido, en primer lugar, para conocer la casa, ya que a partir de ahora vendré todos los días a darle clases a la señorita De la Vega.
—Y en segundo lugar, para conocerla un poco, saber cómo ha sido su trayectoria académica y así poder planificar.
Al oír las palabras de Germán Cuevas, Carmen dio por hecho que lo de las clases para Isabela estaba decidido.
Miró a Ricardo, y en sus ojos se reflejaba una mezcla de satisfacción y alegría.
Genial.
—No hay problema, profesor Cuevas. En un momento le enseñaré la casa para que se familiarice con el entorno —dijo Carmen, sin poder contener su sonrisa.
Germán Cuevas asintió y se giró, con una expresión seria, hacia Isabela.
—Entonces, a partir de hoy, seré tu profesor particular, Natalia. A partir de ahora, tendrás que estudiar mucho conmigo.
Isabela, al oír la primera parte de la frase, ya había adoptado una expresión de humildad y seriedad. Pero cuando oyó que Germán Cuevas la llamaba por el nombre de Natalia, su sonrisa se congeló en el rostro.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿A quién ha dicho que...?
¡¿Na... talia?!

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