Con las sombras de los De la Vega finalmente disipadas, la energía de Aurora se volcó en construir, no en destruir.
Su primer pensamiento fue para la mujer que la había criado en San Miguel de las Rocas, la abuela postiza que le había dado un hogar cuando no tenía nada.
En lugar de simplemente enviar dinero, Aurora fue en persona, acompañada por Fabián.
El viaje de vuelta al pequeño pueblo polvoriento fue surrealista. El lugar que antes representaba todo su mundo, ahora parecía pequeño, un simple capítulo de una historia mucho más grande.
La abuela, frágil en su cama, lloró de alegría al verla.
—Mi niña, mi Aurora —susurró, su mano temblorosa aferrando la de ella—. Sabía que estabas destinada a grandes cosas.
Aurora le contó todo, y la anciana escuchó, sus ojos llenos de un orgullo feroz. Cuando Aurora le habló de su tumor, la abuela simplemente sonrió.

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