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Renací para Destruirlos: De Heredera Asesinada a Pesadilla de mi Familia romance Capítulo 378

La paciencia de Isabela se agotó al tercer día de su encierro. La rabia había suplantado al miedo, transformándose en una determinación febril y destructiva. Su objetivo ya no era recuperar su vida; era asegurarse de que Aurora no pudiera disfrutar de la suya.

Puso en marcha su plan con la astucia de un animal acorralado. Empezó a llorar, sollozos lastimeros que se oían a través de la puerta. Cuando una de las criadas más jóvenes y compasivas, Elena, le trajo la cena, Isabela la engatusó.

—Elena, por favor —suplicó, su rostro demacrado por el llanto fingido—. Solo quiero un vaso de agua de la cocina. Me siento tan débil, creo que voy a desmayarme. Mi madre no me perdonaría si algo me pasara.

La joven, movida por la lástima y el miedo a la señora Carmen, dudó un instante y luego abrió la cerradura. Fue un error fatal. En cuanto la puerta se abrió, Isabela la empujó hacia dentro con una fuerza sorprendente, haciéndola caer y golpearse la cabeza contra el suelo, donde quedó inconsciente.

Se movió con rapidez. No buscó joyas ni dinero. Fue directamente a la biblioteca de Ricardo y tomó lo que buscaba: un abrecartas de plata maciza, pesado y con una punta afilada como un estilete. Era el arma perfecta: silenciosa, personal y letal. Sabía que Aurora trabajaba hasta tarde en la oficina, el único lugar donde se sentía verdaderamente en control. Usando una de las llaves de repuesto de los coches del garaje, se deslizó fuera de la mansión en la oscuridad.

Llegó a la torre corporativa pasada la medianoche. El vestíbulo estaba casi vacío. Usando su antigua tarjeta de acceso familiar, que milagrosamente no había sido desactivada, subió por el ascensor privado hasta el último piso.

La oficina de la presidencia estaba iluminada. Aurora estaba de espaldas a la puerta, estudiando unos planos de expansión sobre su enorme escritorio. Santiago ya se había marchado. Estaba sola.

Isabela irrumpió en la oficina, con el abrecartas de plata brillando en su mano.

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