—¿Primo? ¿Qué mosca te ha picado?
Daniel, al ver que la chica había huido despavorida y que Alejandro seguía de pie junto a la ventana, observando su silueta a lo lejos, no pudo contenerse más.
—Tú y esa tal Natalia, ¿qué se traen?
Los ojos de Alejandro, oscuros e indescifrables, parecían una red que atrapaba firmemente esa figura lejana.
—Es mía.
Daniel, al oír esto, pensó al principio que solo había dicho la mitad de la frase, pero esperó un buen rato y no oyó nada más.
Impaciente, se rascó la cabeza.
—Primo, termina la frase, ¿es tu qué?
Alejandro sentenció: —Ya he terminado.
Daniel se quedó helado.
¿Le estaba tomando el pelo?
—No me digas... primo, tú...
Daniel, midiendo sus palabras, preguntó: —¿Te gusta esa tal Natalia?
Alejandro afirmó: —Sí.
Los ojos de Daniel se abrieron como platos. Se giró bruscamente para mirar a Lucía.
¿Qué demonios estaba pasando?
Lucía también se quedó de piedra por un momento.
Su hermano... ¿finalmente había florecido el amor en su corazón de piedra?
Si a su hermano de verdad le gustaba Natalia... Lucía, pensándolo bien, no pudo evitar sonreír. No le parecía mala idea.
Daniel no entendía nada.
Oye, ¿y tú de qué te ríes?
Daniel pensó que su primo y su prima se habían vuelto locos.

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