Con tres pares de ojos fijos en ella, Natalia no tuvo más remedio que sentarse a la fuerza.
Daniel abrió las dos bolsas de comida para llevar, sacó los recipientes y los fue colocando uno a uno sobre la mesa. —Natalia, come tranquila. Son los platos estrella del restaurante, están muy buenos.
Al levantar las tapas, el aroma de la comida llenó la habitación.
—Huele muy bien —dijo Natalia, sin poder evitarlo.
Sus ojos brillaron mientras recorría los platos con la mirada, como una gatita glotona.
Ya que no podía negarse, mejor disfrutarlo.
Natalia acababa de coger los palillos que tenía al lado para quitarles el envoltorio, cuando Alejandro le tendió un par ya separados. —Usa estos.
Antes de que Natalia pudiera reaccionar, él le colocó los palillos en la mano que ella tenía entreabierta.
¡Mierda!
Daniel, al presenciar esta escena, se quedó de nuevo boquiabierto.
¿Qué acababa de ver?
¡Su primo Alejandro, siempre tan distante, le había separado personalmente los palillos a Natalia! Y se los había puesto en la mano.
Esto...
Maldita sea, debía de estar viendo visiones, o directamente se había quedado ciego.
No solo él, incluso Lucía, al ver el gesto de Alejandro, frunció el ceño con cierta sorpresa.
Natalia, por su parte, se sintió increíblemente halagada. —Gracias, Señor Montenegro.
—Alejandro —dijo Alejandro, sus labios finos y fríos pronunciando esas tres sílabas.
Natalia inclinó la cabeza, desconcertada. —¿Eh?
Fue en ese preciso instante cuando Natalia se dio cuenta de lo cerca que estaba de Alejandro.
Solo había girado un poco la cabeza, y su nariz quedó a menos de dos centímetros de la barbilla de él.
Y lo que es peor, en ese mismo momento, Alejandro también giró la cabeza para mirarla.
Sus miradas se encontraron.


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