—Suéltame —dijo Natalia con frialdad, su voz cargada de una dureza e impaciencia evidentes.
Sabía perfectamente lo que Isabela intentaba hacer.
Fingir una caída, esperar a que Santiago entrara corriendo y luego soltar unas cuantas frases ambiguas para dar a entender que ella la había empujado.
Entonces Santiago la reprendería a gritos, y cuando Carmen se enterara, también la acusaría de ser una intrigante.
Eran los mismos trucos que Isabela había usado innumerables veces en su vida anterior.
La voz de Natalia la sobresaltó. Isabela se apresuró a salir de sus brazos, arreglándose la ropa y el pelo alborotado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Santiago, mirando a Isabela—. ¿Natalia te ha vuelto a molestar?
Isabela se mordió el labio, en silencio. Principalmente, porque no sabía qué decir.
Se sentía muy avergonzada.
Pensaba que se caería, pero Natalia había reaccionado con una rapidez increíble.
—Hermanita casi se cae —dijo Natalia, observando a Isabela con una mirada tranquila, su tono más grave que el viento de otoño—. ¿Verdad?
Por alguna razón, al oír esa voz, Isabela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Se mordió el labio y asintió.
—Sí, Santi, casi me caigo, pero hermana me sujetó.
Santiago frunció el ceño, incrédulo.
—¿Tan buena es?
Natalia sonrió y se levantó.
—¿Qué pasa? ¿Solo tú puedes ser bueno con Isa y yo no? No olvides que Isa también es mi hermana.
Santiago miró a Natalia con recelo.
—Más te vale. ¡Trata bien a Isa de ahora en adelante! Y yo, por consideración a ella, te haré un poco de caso.
—¡Claro que sí! —dijo Natalia, mirando a Isabela—. Hermanita, ten más cuidado la próxima vez. No sería bueno que te desfiguraras la cara o te rompieras una pierna.

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