—Nadie va a separarnos.
Lavinia se acurrucó dócilmente en su pecho, tomó la mano de César y la llevó con cariño hacia su vientre.
—Cesi, cuando termines de arreglar lo de la familia Rosales y esa tipa de Aurora...
—¿Por qué no tenemos un bebé nosotros también?
—Cuando llegue el momento, nuestro hijo será quien herede toda la fortuna de los Rosales —ya no podía esperar a ver a Aurora echada a la calle por Ricardo, derrotada y sin nada.
En ese instante, pensó que haría de Aurora su sirvienta personal. Si estaba de buenas, le tiraría algo de comida. Si no, la mandaría a limpiar el pozo séptico. Tenía que desquitarse, hacerla sufrir de verdad.
César sonrió de medio lado.
—Va.
Sin embargo, mientras Aurora y Ricardo no se divorciaran oficialmente, todavía tenía que encontrar el modo de recuperar la confianza de Aurora. Últimamente, ella ni lo pelaba. Todo lo que le pedía, se lo negaba sin pensarlo dos veces. Hasta le había cancelado la tarjeta dorada.
Ahora solo podía disponer de diez mil pesos al mes. Eso no le alcanzaba ni para mantener a Lavi. Entre más lo pensaba, más impotente se sentía. Todo ese tiempo aguantando, rebajándose a los caprichos de Aurora, ¿y ahora todo se iba a ir al traste en un segundo?
Eso era culpa de Ricardo, seguro. Quizá le dio alguna pastilla rara a Aurora. Por eso estaba así, tan cortante. César no pensaba quedarse de brazos cruzados. Mañana, cuando Aurora fuera a la oficina, le iba a rogar un rato, a ver si así le soltaba otra tarjeta y, de paso, le insistía con lo del divorcio.

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