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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 92

¿Dulces falsos pintados?

Flora se quedó pasmada. En ese instante, la compasión que sentía por Brenda desapareció en el aire, como si nunca hubiera existido.

La invadió la rabia, un enojo tan intenso que le quemaba por dentro.

¿Cómo se atrevía Brenda a intentar envenenar a su nieto?

¡Brenda era una víbora, una traidora de lo peor!

Qué desperdicio de todos esos años en los que la había tratado tan bien.

Con el rostro endurecido por la ira, Flora soltó:

—Riqui, ya entendí, esa mujer no tiene corazón.

—Perdona, le eché la culpa a Aurora sin razón.

—Haz lo que tengas que hacer, yo no voy a interceder por ella.

Ricardo asintió despacio.

—Sí, está bien.

Flora presionó sus sienes, sentía el corazón palpitándole con un dolor sordo.

Por poco y terminaba ayudando en un intento de asesinato contra su propio nieto.

—Esta noche vengan a la casa vieja, tu papá ya regresó y quiere ver al bebé —continuó Flora—. También tenemos que hablar de lo del divorcio.

—Tu papá ya se enteró.

—Él no va a meterse en su decisión, pero la custodia... la familia Morales la va a pedir —agregó con resignación—. Este año Owen también ha estado sufriendo con los problemas de ustedes dos.

Owen había visto crecer a Aurora, la conocía desde niña. Siempre fue vivaz, simpática y, para qué negarlo, muy bonita.

La familia Rosales tenía buena posición. La unión de las dos familias era como ponerle la cereza al pastel.

Pero desde que se casaron, Aurora no dejaba de buscar pleito con su hijo, aprovechándose del amor que él le tenía para pasarle información a César. Por culpa de eso, la empresa perdió trescientos millones en la primera mitad del año.

Aunque después Ricardo logró recuperar quinientos millones, ¿y el año siguiente qué?

Aurora seguía pidiéndole información confidencial.

¿La familia Morales iba a seguir siendo el tonto útil de César?

A Owen no le hacía ninguna gracia que su hijo fuera el que siempre pagaba los platos rotos.

Mientras antes terminaran ese matrimonio, mejor.

—Mamá, esta noche vamos, pero por ahora no vamos a divorciarnos. Por favor avísale a papá —dijo Ricardo. Apenas terminó de hablar, sintió que unos brazos delgados y suaves lo rodeaban por la cintura.

Aurora llevaba rato parada detrás de él, escuchando la llamada.

Había oído cómo él la defendía, cómo explicaba todo al otro lado de la línea.

Decir que no se sentía conmovida sería mentir.

Y justo por eso, no pudo evitar dar un paso al frente y abrazarlo por la espalda, apretándose a él, con los ojos enrojecidos y húmedos, la cabeza apoyada en su espalda fuerte y cálida.

Cuando Ricardo sintió ese abrazo tibio, se quedó quieto un segundo. Al darse la vuelta, Aurora lo miró directo a los ojos con esa mirada llena de lágrimas, luego bajó la cabeza y se hundió en su pecho, buscando refugio.

No dijo nada.

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