—Hermana, la verdad no estoy muy al tanto de lo que pasa con la señorita Rosales —César apretó la mandíbula, intentando disimular la vena que le latía con fuerza en la sien.
No podía permitir que Aurora notara las ganas que tenía de deshacerse de ella.
—¿De verdad fue ella quien le quitó el trabajo a la señorita Sandoval? —César mantuvo la lengua pegada al paladar, y su rostro, normalmente atractivo, se transformó en una expresión de inocencia mientras miraba a Aurora.
Aurora curvó los labios en una sonrisa, sus dedos seguían jugando con una jugosa y brillante lichi, sin prestarle mucha atención.
—Así es —respondió con desgano—. Yo pensé que tú le habías conseguido ese trabajo.
—¿Fuiste tú quien la ayudó, hermanito?
César respiró hondo y fingió estar enfermo, tosiendo varias veces con exageración.
—Hermana, ya te he dicho antes, entre la señorita Rosales y yo solo hay amistad, nada más.
—No hay nada raro entre nosotros, ni de chiste la ayudaría a quitarle algo a tu empresa.
—La verdad, estás siendo muy injusta conmigo. Además, ni que yo estuviera interesado en una chava que ni familia tiene. Yo tengo que cumplir con el compromiso que la familia me arregló para casarme con la hija de una familia importante —trató de despegarse del problema lo más posible.
Aurora tuvo que aguantarse las ganas de reír. Qué bien actuaba, pensó. Que siguiera fingiendo, total, tarde o temprano ella iba a arrancarle esa máscara tan venenosa que llevaba puesta.
—Ah, ya veo —dijo, con indiferencia.
—Bueno, si no fuiste tú quien la ayudó a conseguir ese trabajo, igual tienes muy buena relación con ella. Así que márcale y dile que haga una transmisión en vivo para disculparse y que devuelva el trabajo que le quitó a la señorita Sandoval —ordenó Aurora, con un tono que no admitía ni duda ni negociación.
Fue en ese momento que César se dio cuenta, tarde y mal, de que su hermana, la misma que siempre había sido caprichosa y dominante, ahora iba en serio contra él.
Y no solo eso, quería hundirlo hasta el fondo.
La cara de César se tensó aún más, como si le hubieran echado cera blanca encima.
Se veía fatal.
Pero ni modo, tenía que aguantarse. Como pudo, forzó una sonrisa amable.
—Hermana, ¿la señorita Rosales no era también tu amiga?
—¿Por qué ahora la quieres acabar así? Ese trabajo ni está tan bueno, si lo que quieres es desquitarte, puedo acomodar a Moana en otro programa de esos grandes que están por salir.
—En ese programa hasta va a estar un actor muy famoso. ¿Qué te parece? —dijo, tratando de desviar la atención.
¿Ajá? O sea, que por más que adornara sus palabras, lo que no quería era que su consentida tuviera que pedir perdón en público ni devolver lo que no era suyo.

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