El piso de abajo ya se había quedado vacío; la sala, normalmente llena de ruido, ahora parecía un desierto.
El silencio se sentía tan intenso que resultaba incómodo.
La señora Brenda, la ama de llaves, había salido por la puerta trasera con disimulo, llevando un postre dulce de sangre para el Grupo Morales, donde se encontraba su hija Maya.
En la sala solo quedaba Patricia, la representante de Aurora, sentada con elegancia en el sillón, sosteniendo una taza de té de flores que le había servido una de las empleadas. Bebía con una calma casi exagerada, como si el mundo no le importara.
Aurora bajó las escaleras.
Patricia, al verla, dejó la taza de inmediato y la examinó con atención, buscando señales en el rostro de Aurora, que apenas llevaba una semana de haber dado a luz.
Por fortuna, su cara no estaba demasiado pálida.
Si la hubiera visto decaída, seguro le habría dolido el corazón.
—Auri, te traje algunas cosas para ti y el bebé: pañales, leche en polvo, varias cositas —dijo Patricia, apartando la mirada curiosa y colocando con entusiasmo varias bolsas repletas de productos de bebé en la mesa frente a Aurora—. Sé que no son gran cosa, pero no me rechaces, ¿sí?
—Es la leche en polvo y los pañales más caros que encontré —añadió, casi como disculpándose.
Ella sabía bien que, siendo la familia Morales de las más poderosas del país, jamás comprarían esos productos comunes del mercado.
Ellos todo lo mandaban hacer a la medida: productos de lujo, supervisados en cada paso con los controles más estrictos y costosos.
Aurora no tenía intención de rechazar nada. Esbozó una sonrisa, se acercó en unos pocos pasos y la abrazó con cariño.
—Patricia, ¿cómo crees que me voy a poner exigente contigo?
—Déjalos ahí, yo misma se los daré a mi hijo.
Patricia le acarició el cabello con ternura.
—Me tranquiliza verte tan bien, ya te ves con más color.
—Por cierto, ¿el bebé está arriba?
Aurora asintió.
—Sí, acaba de comer y se quedó dormido.
—¿Quieres subir conmigo a verlo en un rato?
Patricia ya tenía en mente subir a ver al pequeño.
La última vez, cuando fue al hospital a visitarlos, se había quedado impresionada con la ternura del bebé. Era tan lindo que parecía de revista.
No por nada, si los padres son tan atractivos, el niño tenía que salir bonito y encantador.
Seguro que cuando creciera, muchas chicas iban a caer rendidas a sus pies.
—Claro —asintió Patricia—. Por cierto, ¿vas a pasar el posparto en casa o irás a un centro especial?
—En casa —respondió Aurora sin dudar.
A fin de cuentas, nada se compara con el cuidado y la atención de la familia en casa.
Además, si ella se iba, ¿cómo podría vigilar a Brenda y atraparla con alguna prueba?
—Bueno, entonces vendré a visitarlas a ti y al bebé cada que pueda —comentó Patricia, y luego, cambiando el tono, fue directo al punto—. Auri, ¿de verdad piensas quedarte con el señor Morales y llevarte bien con él?
—¿Ya no harás locuras?

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