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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 43

Ricardo viajó a Cuba a capturar a un fugitivo.

Mientras tanto, Aurora seguía recuperándose en la sala del hospital, sin apuro por salir; prefería fortalecerse bien antes de dejar la clínica y evitar andar débil y sin energías.

Todavía le esperaba la tarea de enfrentar a César, ese hermano que le pagaba con traiciones.

El tiempo voló. Apenas pasaron dos días.

En casa ya había llegado la temporada del maíz tierno.

El calor apretaba, olas de aire cálido se mezclaban con la brisa y barrían las copas de los árboles, dejando el asfalto reluciente bajo un resplandor dorado.

Dentro de la habitación, Aurora se preparaba para salir del hospital.

La intervención que le practicaron fue una cesárea superficial, lo que permitió que su recuperación fuera más rápida que la habitual. Incluso la cicatriz casi ni se notaba.

Fue al baño del hospital para darse una ducha rápida.

Por fin pudo quitarse ese uniforme impregnado de olor a leche y ponerse uno de sus vestidos favoritos, de esos que la hacían sentir guapa.

En estos días, además de alimentar a su hijo, Aurora se había estado mirando al espejo casi a diario. Cada vez que contemplaba su rostro intacto, no podía evitar preguntarse si todo era real. Solo entonces, al verse tan viva, entendía que sí, había vuelto a nacer. No era un simple sueño después de la muerte.

—Señorita, afuera hace mucho calor, pero como es la primera vez que el pequeño sale del hospital, me da miedo que le vaya a dar aire en la cabecita. ¿Le puedo poner uno de esos gorritos suaves y delgados? —preguntó la niñera, buscando la aprobación de Aurora.

Aurora, frente al espejo, acomodando el lazo de encaje de su vestido, respondió sin apartar la vista:

—Sí, ponle el gorrito.

—También me preocupa que le dé aire. Y cuando subamos al carro, que el aire acondicionado no le pegue directo, ¿sí? No quiero que se resfríe —añadió con seriedad.

En esos días, Aurora se había puesto a leer cuanto pudo sobre cuidado de bebés. Así que al menos ya tenía idea de cómo atender a un recién nacido.

La niñera entendió de inmediato y fue a buscar el gorrito para el pequeño.

—Señorita, usted ahora se ve muy diferente a como estaba antes —comentó la niñera, mientras tomaba al pequeño dormido en brazos y lo miraba con ternura. Después miró a Aurora, quien salía del baño.

Aurora, ahora con un vestido rosa de encaje, parecía una muñeca de porcelana. Radiante.

No era de extrañar que el señor Morales se hubiera enojado con ella y, aun así, no pudiera hacerle nada. Al contrario, siempre andaba buscando cómo contentarla, mimándola sin descanso.

Aurora tenía ese don, el de hacer que todos a su alrededor se rindieran ante ella.

Incluso después de dar a luz, su piel seguía tan suave y luminosa como siempre, sus rasgos resplandecían con vida, y su figura había recuperado la elegancia de una estudiante universitaria: delgada, ligera, casi etérea.

La niñera no pudo evitar admirarla en silencio.

—¿Tengo algo en la cara? —preguntó Aurora, sorprendida de la mirada fija de la niñera.

La niñera reaccionó y sonrió:

—No, solo pensaba que usted es muy guapa. El señor Morales es un afortunado.

¿Afortunado?

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