—Auri, ¿esto es jugo de mango? —Lavinia se llevó las manos al cuello, los ojos abiertos como platos, fijos en Aurora, llenos de terror.
Ella sabía perfectamente que Lavinia era alérgica al mango.
¡Y aun así se había atrevido a engañarla para que bebiera ese jugo!
No podía ser más cruel.
—¿Por qué quieres... hacerme esto? —La voz de Lavinia ardía como si la lengua le quemara. De pronto, soltó el envase del jugo de fresa con mango y este cayó al piso con un golpe seco.
Su cara, que antes estaba pálida, comenzó a enrojecerse hasta volverse como si le hubieran puesto una brasa encima.
La garganta empezó a cerrársele y el dolor se volvía insoportable, como si tragara cuchillas que cortaban a su paso.
El dolor era tan fuerte que apenas podía abrir la boca.
—¿Es que te molesto tanto? ¿Te caigo tan mal? —masculló como pudo.
—Hermana, ¿por qué le haces esto a la señorita Rosales? Tú sabes que para mí ella es como de la familia —César, que estaba al lado, se puso visiblemente nervioso.
Los dedos, colgando junto al pantalón, le temblaban sin darse cuenta.
Jamás se habría imaginado que Aurora fuera capaz de darle a su adorada Lavinia un jugo mezclado con mango.
—Ella no sabía que eras alérgica a la lavanda, por eso te compró ese perfume —César, apurado, le reclamaba a Aurora.
Mientras hablaba, ya había salido disparado hacia Lavinia.
Ni le importó dejar a Aurora sola.
Le tomó el brazo a Lavinia con decisión.
—Señorita Rosales, te voy a llevar al médico ahora mismo.
La cara de Lavinia se había puesto roja como un tomate y empezaron a salirle ronchas, extendiéndose en la piel como si fuera piel de sapo sobre su brazo blanco, dándole un aspecto escalofriante.
Pero ese sufrimiento, ¿qué era en comparación?
¿Podía siquiera acercarse al dolor de cuando le rompieron las piernas entre los dos?
¿O acaso se comparaba con la desesperación de haber sido abandonada en África, donde terminó contagiada de ébola?
No, ni por cerca.
Esto apenas era el primer bocado del festín que Aurora tenía preparado para ellos.
Lo bueno apenas comenzaba.
Iba a hacerlos sufrir, poco a poco.
Quería verlos retorcerse en el infierno.
Aurora los observaba con una mirada dura y cortante, viendo a esa pareja despreciable que en la vida pasada la había hecho pedazos junto a su hijo. Todo ese dolor volvía a su mente, nítido como si pasara otra vez frente a sus ojos.
Sentía que el corazón le ardía.
Sus dedos delgados se apretaron, y en su cara bonita se dibujó un gesto de puro desprecio.
—Hermano, ¿también tú piensas que yo quise hacerle daño a la señorita Rosales?
—¿Qué motivo tendría yo? ¿Acaso le he hecho algo antes? Además, la última vez hasta le recomendé una película.

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