Pero ella siempre había sido demasiado orgullosa.
Jamás iba a admitir que se había equivocado.
—Papá, yo no hice nada malo.
—Claro, tú no te equivocaste. Nosotros sí. Nuestro error fue dejarte quedarte en el Grupo Fajardo —el señor, con los ojos enrojecidos y apretando los dientes, soltó—: Hoy, por lo que hiciste, no te voy a proteger.
—Estás acusada de secuestro. Vamos a entregarte a la policía.
—Y las acciones que tienes, voy a discutir con la junta para quitártelas.
—De ahora en adelante, no regreses. Te voy a mandar a una isla para que vivas ahí y pienses bien en lo que hiciste —dijo el señor, dándose la vuelta para irse.
Natalia, por fin reaccionando, lo miró con desesperación y se puso a llorar a gritos:
—¡Papá, me equivoqué!
—¡No me destierres!
—¿Acaso esa isla es un lugar digno para alguien? ¿Por qué tengo que irme allá? ¡No quiero!
El señor apretó los puños:
—Cállate. Si cometiste un error, tienes que asumir las consecuencias.
—No hay nada que discutir.
Natalia se desmoronó por completo, cayendo al lado del carro. Entre lágrimas y carcajadas, gritaba:
—¿Por qué? ¿Por qué a mí?
—¿Acaso está mal que quiera ser la presidenta del Grupo Fajardo?
—¿Por qué no me das una oportunidad?
—No soy menos que Valen.
Lloró, rio, se limpió las lágrimas y volvió el rostro hacia Lourdes, que estaba parada a un lado. De repente, Natalia agarró una piedra y la lanzó directo hacia ella, pero Aurora reaccionó al instante y de una patada la desvió:
—¿Estás loca, Natalia?
Natalia sí que había perdido la cabeza. Si la iban a mandar a una isla, ¿qué más daba si hacía un escándalo?
—Sí, estoy loca.
—Aurora, si no hubieras traído a esta bruja, yo no estaría tan jodida.
¿Encima la culpaba a ella?
¿Es en serio?
Aurora estuvo a punto de soltarle un cachetadón.
Todo esto era el resultado de su propia avaricia y egoísmo, por querer quedarse con lo que era de su sobrino.
¿Y aun así la culpaba?
De no creerse.
—Natalia, un poco de dignidad —Aurora rodó los ojos—. A ver, dime, ¿esto fue idea de César Rosales?
Cuando escuchó ese nombre, Natalia soltó una sonrisa torcida:
—No te lo voy a decir.
—¿Qué pasa? ¿Te peleaste con tu hermano?
Aurora frunció el ceño:
—Digamos que sí. Entonces, ¿él está involucrado en esto?
Pero Natalia no pensaba decirle nada.

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