—Lourdes y Isa desaparecieron —dijo Tomás por teléfono, su voz ahogada por la preocupación—. Pero, señor Morales, no se preocupe, ya mandé a gente para buscarlas.
El ceño de Ricardo se marcó de inmediato. Hace un momento, su mirada aún tenía rastros de deseo, pero en un parpadeo, volvió a la seriedad.
—¿Cómo que desaparecieron? —preguntó, su tono seco.
—¿Revisaron las cámaras del hotel?
Tomás asintió, aunque Ricardo solo percibió el movimiento por el silencio de la línea.
—Sí, ya pidieron las grabaciones, pero parece que alguien las borró.
—Sigan buscando. —Ricardo colgó sin esperar más explicaciones.
La tensión que llenaba el ambiente hacía un instante se esfumó de golpe.
Ricardo se ajustó el cinturón, con los dedos largos y ágiles, y acarició con suavidad la mejilla de Aurora.
—Auri, Lourdes e Isa no aparecen.
—Voy a salir a buscarlas.
—¿Qué? ¿Ahorita desaparecieron? —Aurora, que minutos antes solo pensaba en la interrupción de su momento íntimo con Ricardo, sintió cómo el deseo se desvanecía en un instante, como una burbuja que revienta.
Nada de juegos, lo importante era lo urgente.
Ya habría tiempo de consentir a su esposo cuando el señor Fajardo recuperara la vista.
—No sabemos la hora exacta en que se perdieron —Ricardo, con el celular en la mano, deslizaba la pantalla en busca del número de Marcelo. Necesitaba toda la ayuda posible; mientras más ojos, mejor.
—Esto huele a que no quieren que Fajardo recupere la vista —murmuró Aurora. Lo había sospechado desde el principio. Había quienes, claramente, no deseaban que Valentín se curara tan rápido.
¿Sería cosa de César, ese infeliz?
Pero él seguía internado en el Hospital San Salvador, vigilado por los guardaespaldas que Aurora misma había puesto. No parecía capaz de hacer nada raro.
A menos que hubiera contactado a alguien para que actuara por él.
Sabía bien cómo era César. Si había logrado envenenar a Valentín sin que nadie lo notara, seguro tampoco permitiría que se curara con facilidad.

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