—He... hermana... —La punta de la aguja apenas se detuvo, a nada de perforarle el ojo.
Decir que César no sentía miedo sería mentir.
No se atrevía ni a parpadear. Sus pestañas temblaban, pero aun así, no movió ni un milímetro los ojos.
Sin embargo, hasta en el terror, ese tipo era experto en fingir calma. Se obligó a serenarse de inmediato.
—No entiendo de qué hablas —murmuró César despacio—. Yo ni siquiera he tenido contacto con el señor Fajardo.
Qué bien actuaba.
Aurora soltó una risa entre dientes, apretando el jeringa con tanta fuerza que parecía que de verdad quería enterrársela en el ojo.
Por un segundo, de verdad quiso dejarlo ciego. Pero la idea de mancharse las manos con el ojo de César le dio asco.
Además, arruinaría su propio plan.
Se contuvo.
—Pero recuerdo que a principios de año, tú mismo me dijiste lo de la ceguera de Valentín —Aurora mantuvo la aguja justo frente a su ojo, sin ceder ni un centímetro.
—¿Por qué ahora lo niegas?
—Hermana, de verdad no fui yo —César no pensaba ceder.
Sí, se había jactado con ella hace meses, pero nunca dio detalles. No era tan ingenuo como para dejarle pruebas a Aurora.
No era tan tonto como ella.
—Quizá lo supe porque vi las noticias —respondió César, inmóvil—. Hermana, ¿no viste tú también el comunicado que la familia Fajardo publicó en redes?
—Aunque lo borraron rápido.
Sonaba convincente, como si en verdad el asunto no tuviera nada que ver con él.
Pero Aurora ya había vivido demasiado para creerle.
—¿Ah, sí?
César apretó los labios, forzando la voz a salir con firmeza.
—Sí, hermana.
—Hermana, ¿no será que Ricardo te lavó el cerebro?
—Ese tipo es peligroso, no le creas.
—Lo de la ceguera del señor Fajardo no tiene nada que ver conmigo. Más bien creo que él mismo traicionó a su mejor amigo y ahora quiere meterte ideas para separarnos. Ya ves, ahora hasta tú perdiste la razón.
Qué tipo tan retorcido.
En apenas un par de frases, ya había manchado a Ricardo.
—Hermana, has estado muy rara últimamente —dijo César mientras intentaba tomarle la mano a Aurora—. No olvides que yo soy el único en quien puedes confiar de verdad.
—No te dejes engañar por él.
—Divórciate de ese hombre cuanto antes.
Mientras hablaba, su mano sucia intentó sujetar la de Aurora.
Aurora, al ver el movimiento, retiró la aguja de inmediato, y en ese instante...
Alzó la mano y —¡PÁF!— le dio una bofetada que le cruzó la cara.
—Deja de ensuciar el nombre de tu cuñado, ¿quieres?
—¿De verdad no fuiste tú el que dejó ciego a Valentín? —le gruñó Aurora, apretando los dientes.
César se cubrió la cara, roja e hinchada por el golpe. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

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