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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 147

Diez minutos pasaron volando.

Tomás pisó el acelerador, casi se voló dos semáforos en rojo.

En cuanto llegaron al Hospital San Salvador, Ricardo tomó la mano de Aurora con apuro y juntos subieron hasta el octavo piso, directo a la sala de operaciones.

Apenas llegaron a la puerta del quirófano, Marcelo se acercó a grandes zancadas. Sin poder evitarlo, sus ojos se detuvieron en las manos de Ricardo y Aurora, entrelazadas con fuerza.

Marcelo entrecerró los ojos, pero no estaba de humor para bromas.

—Ricardo, la cirugía de Valen todavía no termina —soltó, directo—. El director del hospital está operando personalmente, pero perdió demasiada sangre y necesita transfusión.

—No hay suficiente en el banco del hospital —añadió con el ceño fruncido—. Hay que conseguir sangre del hospital de al lado.

—¿De qué tipo de sangre necesitas? —preguntó Ricardo, ya anticipando la complicación.

—RH positivo, A —contestó Marcelo, con tono preocupado—. Es algo difícil de conseguir.

Ricardo tenía sangre tipo B, así que no servía de nada. Marcelo también era B. Ninguno de los dos podía donar.

Cuando Ricardo ya pensaba en pedir un helicóptero para ir a la clínica privada de los Morales en busca de sangre, Aurora levantó el brazo.

—Saquen la mía —dijo firme—. Soy RH positivo, A.

—Auri, tú… —Ricardo giró, sorprendido, los ojos llenos de desconcierto—. Auri, sigues en periodo de lactancia. Estás débil.

—Voy a pedir que el hospital Morales mande sangre.

Pero Aurora lo interrumpió:

—Amor, si esperas la sangre, ¿y si el señor Fajardo no aguanta? Usa la mía, ¿sí? No te preocupes, cuando lleguemos a casa le pido a la señora que me prepare una sopa de cebolla o lo que sea para reponerme.

Ya no era la chica frágil de antes. Ahora quería ser una rosa del desierto: fuerte, imposible de derribar.

La mujer apretó la mano de Ricardo y lo jaló apurada:

—Vamos, hay que avisar a una enfermera. No hay tiempo que perder.

Había mucha gente esperando afuera del quirófano. Eran familiares de los Fajardo, pero casi nadie tenía sangre compatible con Valentín. Solo Gustavo Fajardo, que ya había donado varias bolsas y estaba al borde de desmayarse.

Ricardo dudó, pero Aurora ya lo arrastraba de la mano.

—Auri, donar sangre duele —murmuró Ricardo, su voz llena de preocupación.

Aurora lo sabía. Pero en ese momento, ¿qué importaba el dolor ante la vida de una persona?

—Amor, si te duele verme así, ¿por qué no me compras unos dulces de leche? —sonrió con picardía—. Cuando coma algo dulce, se me va a pasar.

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