Aurora no entendía por qué de pronto él soltó esa frase.
Guardó silencio un momento antes de responder:
—¿Tú qué crees?
Ricardo apretó los labios, como si quisiera decir algo pero se detuvo a medio camino.
Parecía que iba a decir que sí.
Pero la duda seguía ahí.
Aurora conocía bien lo que pasaba por su mente y no le guardó rencor.
Durante este año.
Ella le había hecho demasiado daño.
A cualquiera le costaría volver a confiar por completo en que de verdad había cambiado.
—Te lo juro, voy a cuidar a nuestro bebé toda la vida —Aurora levantó la mano y entrelazó con fuerza los dedos de Ricardo, pálidos y bonitos.
Le apretó la mano, decidida—: Si esta vez te estoy mintiendo...
—Que me caiga un rayo, que no tenga buen final... —el último “que me muera” quedó suspendido en el aire.
Ricardo de inmediato le tapó los labios con la mano.
—Auri, no digas esas cosas.
—No quiero que te pase nada.
Mira nada más, pensó Aurora, qué hombre tan cariñoso.
Por dentro sentía el corazón tibio, agitado, como si le hubieran encendido una luz. Tomó la mano con la que él le cubría la boca y la llevó a su mejilla.
—Sí, mi amor, de aquí en adelante solo quiero estar contigo y con nuestro bebé, que vivamos juntos muchos años.
—Quiero que puedas abrir tu corazón.
—Que de verdad me aceptes por completo.
Ricardo la miraba con una ternura callada, con los ojos llenos de una calidez que Aurora no alcanzaba a notar.
—Ajá.
—Vamos a comer.
Aurora asintió, pero no soltó su mano.
Siguió aferrada a su izquierda.
Empecinada en comer tomados de la mano.
Todo lo que a él le gustaba, ella se lo servía en el plato.
Cuando llegó un platón de camarones con hongos y salsa especial, Aurora se puso unos guantes de plástico.
Le empezó a pelar los camarones a Ricardo.
Él se sintió apenado, quiso hacerlo él mismo.

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