Ricardo llegó al restaurante cerca de las siete.
Había salido del trabajo a las seis y se tomó media hora para escoger un regalo.
No se atrevía a ir con las manos vacías.
Después de todo, entre ellos aún no se habían deshecho por completo las viejas rencillas.
Tras decidirse por el regalo adecuado, ese hombre de facciones marcadas subió a su carro rumbo al restaurante.
En el trayecto, aburrido, se puso a revisar las redes sociales y se topó con una nueva publicación de Aurora.
Ella había subido una foto donde César estaba siendo besado a la fuerza por Noemí junto a la piscina.
En la descripción, Aurora felicitaba a César por haber encontrado el amor verdadero.
Debajo, toda la crema y nata de Solara le dejaba comentarios a César, felicitándolo con bromas que no ocultaban la ironía.
Ricardo estuvo mirando la pantalla un rato.
Sus ojos oscuros se perdían en la penumbra del interior del carro, sin dejar ver ninguna emoción.
La única parte de su rostro que la luz alcanzaba era la comisura de sus labios, donde se dibujaba una leve y elegante sonrisa, casi imperceptible.
Poco después, el lujoso y discreto Rolls Royce de edición exclusiva se detuvo frente al restaurante donde Aurora había hecho la reservación.
A esa hora, la noche ya había caído por completo.
Ricardo, siempre impecable y con un aire distante, bajó del carro con elegancia, llevando en la mano una pequeña bolsa azul marino de regalo.
Con paso firme, entró al restaurante.
Esa noche, Aurora había reservado todo el lugar.
Aunque había elegido un salón privado, también se aseguró de que nadie se acercara. No quería ningún tipo de interrupción en su primera cita formal con su esposo.
Un mesero vestido de frac lo recibió con respeto y lo condujo al salón más lujoso del restaurante.
Al abrir la puerta, Ricardo la vio sentada junto a la ventana panorámica, en un sillón de terciopelo marrón.
Aurora llevaba su cabellera castaña suelta, abundante y sedosa, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros.
Vestía un vestido largo de encaje negro, ajustado a la cintura, resaltando su piel clara y suave.
El escote, ceñido con dos finos tirantes, marcaba una silueta sugerente.
Como estaba amamantando, no podía beber alcohol.
Por eso, sostenía entre manos una copa de agua de menta azulada y, al verlo entrar, sus labios rojos rozaban el borde del vaso mientras lo miraba.
Parecía una gata persa, elegante y provocativa, tan fascinante que resultaba imposible apartar la mirada.
Apenas Ricardo cruzó el umbral, el mesero cerró la puerta, dándoles privacidad.

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