Su mente aún estaba aturdida. Cuando por fin reaccionó, se frotó los ojos y le gritó a Adriana:
—Adriana, ¿acaso no conoces las reglas del laboratorio? Traer tus problemas personales aquí... ¡Estás completamente loca!
Al verla en ese estado tan lamentable, Adriana sonrió con malicia.
—Claro que las conozco. Pero lo hice a propósito. Eso te pasa por humillarnos a mi mamá y a mí ayer.
Elena no pensaba dejarlo pasar. Adriana acababa de echar por tierra todo su trabajo y no iba a quedarse tan tranquila.
Se acercó de inmediato, la sujetó del cuello de la blusa y le dio dos cachetadas.
Adriana enfureció y empezó a insultarla a los gritos.
—¡Eres una perra, Elena! ¿Cómo te atreves a pegarme?
Se abalanzó sobre ella para jalarle el cabello.
Mientras ambas forcejeaban, las chispas alcanzaron unas hojas de papel en el escritorio y comenzaron a arder. De repente, unos frascos de reactivos cayeron al suelo y estallaron con un estruendo.
Elena reaccionó de inmediato; tomó el extintor más cercano para apagar las llamas. Adriana, muerta de miedo, aprovechó la distracción para salir corriendo del laboratorio.
La explosión de los químicos desató un incendio incontrolable. Elena no podía detener el avance del fuego por sí sola. El humo la hizo toser con fuerza, obligándola a retroceder hacia la puerta.
Las alarmas contra incendios se dispararon. Cinco minutos después, los guardias de seguridad del edificio llegaron para apagar el fuego. El director Herrera apareció corriendo. Al ver a Elena, preguntó alarmado:
—¿Estás bien? ¿Qué pasó? ¿Por qué empezó el incendio?
Elena se apoyó en la pared. Estaba a punto de explicarle cuando un fuerte mareo la invadió; todo se volvió oscuro.
Cuando recuperó el conocimiento, estaba en la habitación de un hospital.
Isabel estaba sentada a su lado, con el rostro pálido de preocupación.
—Elena, ¿estás bien?
Isabel era su contacto de emergencia. En cuanto recibió la llamada, salió corriendo para el hospital.
Elena intentó hablar, pero la garganta le picaba y cada intento terminaba en un ataque de tos. Además, un dolor agudo en el vientre la atravesó de golpe y la llenó de terror.
—Mi bebé... ¿está bien?


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