Elena se quedó paralizada con el vaso de agua en la mano, sin saber si reír o llorar.
—¿Cómo crees?
Señaló su vientre de embarazada:
—Estoy esperando un bebé. Con la posición que tiene Alejandro, ¿de verdad crees que se fijaría en mí?
—¿Y por qué no? Con una cara como la tuya, cualquier posibilidad queda abierta. —Isabel le tenía una fe ciega—. ¿Ya se te olvidó que en la universidad, apenas entraste y ya tenías a un montón de chavos preguntando por ti en los dormitorios? Hasta en los foros de la escuela se la pasaban hablando de ti.
A Elena le pareció que exageraba y prefirió no seguirle la corriente.
Justo al terminar de tomar agua, le llegó un mensaje de Alejandro.
[Mi asistente ya consiguió los chats entre el esposo de tu tía y esa mujer. Ya se los mandamos a Javier.]
Elena se sorprendió:
[¿Tan rápido?]
Alejandro:
[Sí, no era nada del otro mundo.]
La rapidez con la que Alejandro había resuelto todo dejaba claro el nivel de la gente que trabajaba para él.
Elena le contestó:
[Cuando mi tía salga libre, te invito a comer.]
[Me parece bien.]
***
Una semana después, Elena recibió el aviso de Javier: ya podían ir a recoger a su tía.
Isabel la acompañó.
Al ver lo desmejorada que estaba su tía, Elena sintió que la tristeza le cerraba la garganta.
Corrió a abrazarla y sintió que había bajado muchísimo de peso. Le dolió en el alma.
—Tía, debió de haber sido muy duro para ti pasar por eso.
Carmen, preocupada por su hija, preguntó de inmediato:
—¿Cómo está Ariadna?
Elena asintió.
—Está muy bien. Contraté a una señora para que las cuide a ella y a mi abuela.
—Menos mal —dijo Carmen, más tranquila. Pero al recordar la injusticia que acababa de sufrir, su mirada se endureció—. Esta vez no le voy a pasar una a ese par de infelices. Me voy a divorciar y pienso asegurarme de que ese hombre pague caro lo que hizo.
Isabel ofreció:
—Señora, los casos de divorcio son mi especialidad, déjeme llevarlo.
Carmen le agradeció de corazón:
—Claro que sí, mija.

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