Noelia soñaba con encontrar a un hombre joven, atractivo y adinerado como Diego. Por desgracia, los únicos que solían fijarse en ella eran hombres mayores como el señor Molina. Por eso quería sonsacarle a Elena algún consejo.
Elena se dio cuenta de inmediato de que la chica estaba sacando sus propias conclusiones. Pero tampoco tenía ganas de darle explicaciones. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia había entre ella y Noelia?
Si Diego de verdad la respetara, no la habría estado engañando tanto tiempo. Ella solo sonrió y respondió:
—Nos conocimos en el trabajo.
Noelia no se conformó y le sacó plática:
—¿Y tú te le lanzaste o él te buscó?
Elena recordó la primera vez que se vieron. Ella acababa de graduarse y de entrar a trabajar al Grupo Romero; apenas ubicaba a los de su departamento y a su jefe directo, no tenía ni idea de quiénes eran los altos mandos.
Se encontró con él en los elevadores y unas carpetas se le cayeron justo a sus pies. Él le ayudó a recogerlas. Al levantar la mirada, cruzaron los ojos. Era la primera vez que veía a un hombre tan guapo; se puso toda roja de la pena, le dio las gracias y salió corriendo.
Después, ni ella misma entendía por qué empezaba a cruzárselo una y otra vez en todas partes. Mucho tiempo después, cuando ya andaban, él le confesó: «Elena, ¿por qué eres tan distraída? Si no me hubieras gustado, ¿crees que habría hecho que nos topáramos tantas veces por casualidad?».
En ese entonces, ella de verdad creía que estaba viviendo su propio cuento de hadas. En aquel entonces no podía imaginar que todo aquello terminaría convertido en una historia cruel.
Como no contestaba, Noelia se lo volvió a preguntar. Elena respondió con indiferencia:
—Ya no me acuerdo.
Noelia interpretó su respuesta como un gesto de superioridad y, ofendida, dejó de dirigirle la palabra.
A Elena le tenía sin cuidado lo que pensara la otra. Se quedó inmersa en sus pensamientos hasta que su celular vibró. Era un mensaje de Adriana:
[Diego está contigo, ¿verdad?]
Al leerlo, Elena le tomó una foto a Diego jugando en la cancha y se la mandó a propósito.
Adriana le contestó al instante:
[Elena, eres una cualquiera. ¿Te divierte mucho andarle rogando al marido de otra?]
Pero Elena no se iba a andar con rodeos con ella:


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