—¿Diego? —La voz suave de Eulalia lo sacó de su trance.
Diego parpadeó, apartando a Elena de su mente, y la miró con expresión neutra.
—Tengo asuntos de la oficina que resolver esta noche. Me retiro. Si necesitas que alguien te haga algún encargo, puedes llamar a mi asistente.
Él estaba dispuesto a tratarla como a una amiga. Si estaba en problemas, no le daría la espalda.
Pero hasta ahí llegaba su cortesía.
—Diego, por favor... ¿no te puedes quedar solo un ratito más?
Eulalia se sentía frágil y detestaba la idea de quedarse sola entre esas cuatro paredes blancas.
—Lo siento, tengo prisa —respondió él sin titubear, y se dio la vuelta para salir.
Al ver que la ignoraba, Eulalia se dejó caer torpemente de la cama, aterrizando en el suelo con un quejido dramático y el rostro fingiendo un dolor insoportable.
A pesar de todo, habían compartido intimidad en el pasado, y ella siempre había sabido cómo masajear su ego. Diego, vencido por la culpa, se agachó y la levantó en brazos con delicadeza.
La recostó en la cama, pero justo cuando iba a soltarla, Eulalia le rodeó el cuello con ambos brazos, pegando su rostro al de él.
—Te lo suplico, Diego. Acompáñame diez minutos más.
Al verla tan indefensa y dependiente, el muro de Diego se desmoronó.
—Está bien. Me quedaré un poco más.
Lo que ambos ignoraban era que Adriana llevaba días revisando la cámara del auto de Diego y había notado sus visitas recurrentes al hospital.
Preocupada por si él estaba enfermo, Adriana había decidido seguirlo, pensando que cuidarlo sería la excusa perfecta para revivir la llama de su matrimonio en ruinas.
Pero al asomarse por la ventana de la habitación, la escena le heló la sangre.
Su marido estaba abrazando cariñosamente a Eulalia.
La furia la cegó por completo.
Esperó, temblando de rabia en el pasillo, hasta que vio a Diego salir hacia la estación de enfermería. En ese momento, empujó la puerta y entró como un huracán, gritando a todo pulmón:
—¡Eres una descarada! ¡Una mosquita muerta! ¿Hasta cuándo vas a seguir arrastrándote detrás de mi marido?
Eulalia, que ya tenía un mejor semblante gracias a los cuidados de Diego, la miró con una calma exasperante y soltó una pequeña risa burlona.


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