Al salir de su jornada, Elena recibió una llamada alterada de su tía.
La pequeña Ariadna había sido rozada por un auto de lujo que iba a toda velocidad cerca de su escuela. Del susto, la niña cayó mal y se fracturó el brazo, por lo que ahora estaban en urgencias.
Carmen le explicó, indignada, que la conductora tenía una actitud prepotente y solo quería lanzarles billetes para que se callaran. Le pidió ayuda para conseguir un abogado y llevar las cosas hasta las últimas consecuencias.
Elena, sin perder un segundo, llamó a Javier para ponerlo al tanto y arrancó directo hacia la clínica.
Al acercarse a la habitación, escuchó unos gritos agudos desde el pasillo.
—¡La mocosa está perfectamente bien! Solo es un rasguño en el brazo. Ya dije que pagaré hasta el último centavo de la clínica. ¿Qué más quieres, ah?
Era la voz inconfundible de Eulalia.
—¿Pero te estás escuchando? —le gritó Carmen, furiosa—. ¡Ibas a toda velocidad en una zona escolar! ¡Atropellaste a una niña y pretendes irte como si nada! ¡Claro que voy a llamar a la policía y te voy a demandar!
—Por favor... Solo quieres armar un escándalo para exprimir mi billetera. Qué asco da la gente muerta de hambre como tú. Usar a tu propia hija para estafar... no tienes vergüenza.
Elena empujó la puerta y cruzó el umbral.
Efectivamente, allí estaba Eulalia, con el rostro altanero.
Primero, Elena se acercó a revisar a Ariadna y a calmar a su tía. Luego, se giró hacia Eulalia. Al pasar junto a ella, un tufo inconfundible a licor la golpeó.
—Eulalia, ¿estabas manejando borracha?
Un destello de pánico cruzó los ojos de Eulalia, pero enseguida levantó la barbilla.
—No he tomado ni una gota. Vengo de una cena de negocios, es normal que mi ropa haya absorbido el olor a alcohol de los demás.
Tratando de desviar la atención, continuó con tono condescendiente:
—Elena, veo que es tu tía. Ya que tú y yo nos conocemos, ¿por qué no le explicas cómo funcionan las cosas? Fue un accidente sin importancia. Convéncela de que no intente sacarme dinero fácil, ¿sí?
Elena jamás imaginó que alguien pudiera llegar a ser tan ruin. Dio un paso al frente y, sin mediar palabra, le cruzó la cara de una bofetada.
El eco del golpe resonó en la habitación. Eulalia se llevó la mano a la mejilla enrojecida, estupefacta.
—¿Qué te pasa, infeliz? —bramó Eulalia.
Elena la miró con asco y frialdad.
—Manejas ebria, lastimas a una niña y encima te atreves a insultar a mi familia. Voy a llamar a la policía ahora mismo.

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