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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 532

Pálida como un fantasma, Adriana salió de la sala de reuniones masticando su humillación.

Al verla irse, Eulalia mantuvo su elegante sonrisa.

Había visto a Diego un par de veces. Era un hombre atractivo, exitoso. Una pena que estuviera encadenado a una mujer tan insignificante.

A Adriana se le negó el acceso a Diego. Tuvo que esconderse en la sala de descanso hasta que llegara la hora del almuerzo.

Al mediodía, finalmente lo vio salir acompañado de Lucía y Eulalia. Pasó a su lado sin siquiera dirigirle la mirada.

Adriana dio un paso al frente para interceptarlo, pero Lucía se interpuso en su camino y la empujó hacia la sala de descanso.

—Lucía, no pueden hacer esto —siseó Adriana, temblando de rabia—. Puede que no haya logrado arreglar el problema de este proyecto, pero le he dedicado mi vida a esta empresa.

—Adriana, ve a casa, descansa, ten al bebé —respondió Lucía con una frialdad aterradora—. La familia Romero te dará una indemnización generosa y luego firmarás el divorcio con Diego.

—¡Nunca! —escupió Adriana, con los dientes apretados—. ¡Diego me ama! Tenemos un hijo en camino. Jamás nos divorciaremos.

—Tú ya no sirves para nada en esta familia. En este momento de crisis, la única que puede salvarnos es Eulalia. Y mi intención es que Diego se case con ella.

—¡Diego ni siquiera la quiere, Lucía! ¿Cómo te atreves a intentar destruir nuestro matrimonio? —gritó Adriana, perdiendo por completo el control.

Lucía se encogió de hombros, inmutable.

—Diego estaba perdidamente enamorado de Elena, y mírate, lograste meterte en su cama y quitarle el lugar. Además, Eulalia es hermosa y brillante, seguro que Diego terminará adorándola. La familia Romero necesita una esposa que esté a la altura de esta crisis. Tú fracasaste. La única opción viable es Eulalia.

La crueldad de los Romero golpeó a Adriana con toda su fuerza. Ahora lo entendía: para ellos, el único valor de una persona radicaba en la utilidad que pudiera aportar.

Con los ojos inyectados en sangre, gruñó:

—¡Jamás le voy a ceder a Diego a nadie! ¡No firmaré ningún divorcio!

—Poco importa lo que quieras —se burló Lucía—. Si vuelves a armar un escándalo en la empresa, haré que te prohíban la entrada por completo.

Durante el almuerzo, Eulalia notó los burdos intentos de Lucía por emparejarla con Diego. Por dentro, soltó una carcajada cargada de asco.

Ella era la heredera legítima de las familias Valiente y Valverde. Un hombre divorciado y con un hijo en camino no era más que un premio de consolación. Si iba a casarse, su único objetivo era Alejandro.

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