En menos de media hora, la señora Salinas había preparado dos porciones de comida casera y unos jugos frescos.
Elena miró el pollo a la plancha, el pescado ligero y las verduras salteadas en su plato, y de inmediato se le abrió el apetito.
Le dio las gracias a la señora Salinas.
La empleada le respondió con una cálida sonrisa:
—No hay de qué. Si te gusta mi sazón, puedes venir todos los días a la casa del señor Vargas a comer.
—Ay, no. Qué pena.
La señora Salinas no entendió.
—¿Pena? ¿Qué no son novios? ¿De qué te da pena? Hace rato el señor Vargas me dejó clarísimo que preferías algo ligero para cenar y que no preparara platillos muy pesados; si no, te habría hecho un banquete en forma.
Elena sintió que le ardía la cara.
Aunque la última vez ella misma le dijo a Alejandro que intentaran estar juntos y él le propuso matrimonio, y aunque ya habían aclarado sus sentimientos, decir que eran novios seguía siendo técnicamente correcto.
Sin embargo, como apenas estaban empezando a salir oficialmente, todavía se sentía muy cohibida.
La señora Salinas, al verla tan bonita, dulce y con esa elegancia natural, pensó: «El señor Vargas sí que tiene buen gusto, solo una mujer así podría conquistarlo».
Al ver que Elena se terminaba todo, se puso muy contenta y comenzó a recoger los platos para lavarlos en la cocina.
Elena intentó ayudarla, pero la señora Salinas se negó entre risas:
—No, no, ni te preocupes. Me pagan muy bien, y si solo vengo a hacer tan poquito, hasta remordimiento me da.
Elena no tuvo de otra que irse a la sala a jugar con Chispa.
Al terminar de lavar, la empleada sacó un plato con fruta picada.
En ese momento llegó Alejandro.
La señora Salinas lo saludó:
—Señor Vargas, ya llegó. Le caliento la cena en un minuto.
Él asintió.
Se quitó el saco y caminó hacia donde estaba Elena.
Elena, que le estaba acariciando la cabeza a Chispa, se hizo un poco hacia atrás al verlo acercarse.
—Alejandro...
Él se inclinó y le dio un tierno beso en la frente.
Elena se quedó sin aliento; el calor le subió de golpe al rostro y ya no supo dónde meterse.
Alejandro rozó apenas su oreja, y ese gesto bastó para desarmarla por completo.
—Hoy tuve ganas de besarte todo el día. ¿Podemos empezar por la frente? —preguntó con una voz increíblemente suave.
—Entonces queda así: no me vas a apartar cada vez que quiera estar cerca de ti.
Él estaba dispuesto a ir a su ritmo y tomarse las cosas con calma.
Pero sí quería que ella fuera aceptando los besos y los abrazos.
Después de todo, llevaba muchísimo tiempo deseando hacerlo.

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