Adriana acompañó a Diego de regreso a casa.
En cuanto entraron, Diego le espetó con frialdad:
—A partir de ahora, mantente alejada de Rodrigo. ¿No te das cuenta de que sigue arrastrando el ala por ti?
Una sonrisa dulce le iluminó el rostro a Adriana. Le rodeó la cintura con los brazos y le dio un beso en la mejilla.
—Diego, ¿estás celoso?
Él se quedó en silencio, mirándola con el ceño fruncido.
—No cambies de tema.
Adriana aspiró su aroma familiar y soltó un suspiro; hacía mucho tiempo que no lo abrazaba.
—Cuando estabas con Elena, yo me sentía exactamente igual que tú. También me daba mucho coraje, pero nunca te dije nada por consideración a ti. Diego, estoy dispuesta a alejarme de Rodrigo por ti. ¿Tú te separarías de Elena por mí?
Diego frunció el ceño.
—¿Cómo puedes comparar lo tuyo con lo mío?
Adriana se quedó helada.
Diego soltó una carcajada burlona.
—¿Ya se te olvidó que al principio me dijiste que podías aceptar que tuviera lugar para ti y para Elena en mi corazón? Además, las cosas que yo hago, tú no puedes hacerlas. Eres una mujer, y una mujer debe serle completamente fiel a su hombre, de lo contrario, no es más que una cualquiera.
En la cabeza de Diego, un hombre poderoso podía permitirse tener otras mujeres alrededor sin que eso significara nada.
Pero para una mujer era distinto; si una mujer se manchaba, perdía todo su valor.
Aunque Adriana lo amaba, aquellas palabras le encendieron una rabia sorda por dentro.
¿Con qué derecho le decía eso? Ella también era un ser humano, también tenía necesidades emocionales. Estaba sacrificando su figura y su salud para darle un hijo, ¿y él no podía serle fiel solo a ella?
Sin embargo, en esa relación ella siempre había estado en una posición inferior.
Por eso, no se atrevió a decirle en voz alta lo que estaba pensando.
Diego le echó un vistazo a su maquillaje y a su ropa, y le recriminó:
—Las embarazadas no deberían usar maquillaje ni vestirse de forma tan llamativa. Eres la madre de mi hijo, tienes que ponerlo siempre como prioridad.
De por sí, Adriana sentía que había subido de peso y se había puesto fea por el embarazo, por lo que se esforzaba mucho en arreglarse. Escuchar semejante comentario la puso de muy mal humor.
Al verla hacer un puchero, a Diego no le dio el corazón para seguir regañándola.

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