En la cena, después de conversar y cumplir con los compromisos sociales junto a algunos de los invitados de mayor edad, Alejandro volvió a su asiento y se quedó bebiendo en silencio.
Javier estaba sentado junto a él. Al ver que andaba de mal humor, iba a preguntarle qué le pasaba, pero justo en ese momento vio acercarse a Mariana.
Cuando Mariana no montaba una escena, daba la impresión de ser una mujer educada y sensata.
Era una mujer muy atractiva y no le faltaban pretendientes adinerados, pero toda su atención seguía puesta en Alejandro.
—Alejandro... —Se sentó a su lado y tomó su copa con la intención de beber de ella.
Él puso la mano sobre la copa, apretándola contra la mesa, y le dijo en tono frío:
—Mariana, siéntate allá.
Mariana se sintió un poco humillada ante tanta indiferencia.
—Alejandro, si te dije cosas que te hicieron enojar, fue porque perdí los estribos. Solo quiero sentarme a tu lado, ¿qué tiene de malo?
Alejandro no pudo ocultar su impaciencia.
—No me gusta tu perfume.
Esa mujer había intentado quitarse la vida frente a él más de cincuenta veces.
Y cada vez que armaba sus dramas, él siempre salía perjudicado.
Si después de todo eso esperaban que sintiera algo por ella, lo estarían tomando por un santo.
Mariana se tensó, pero hizo un esfuerzo por sonreír.
—Alejandro, si no te gusta, me pongo otro la próxima vez.
Recorrió su silla un poco hacia un lado, pero estaba claro que no pensaba irse.
Él ni la volteó a ver y siguió tomando.
Al verlo beber con tanto despecho, a Mariana se le ocurrió una idea.
Solo tenía que deshacerse de Javier más tarde, llevarse a Alejandro borracho a un hotel, y lo que pasara después ya sería asunto suyo.
Se reprochó haber sido tan ingenua y haberse dejado manipular por Isidora, creyendo que podría cambiar a Alejandro y convertirlo en el hombre que ella quería.
Pero él siempre la vio solo como un arreglo por conveniencia; nunca dejó de ser frío con ella.
Y entre más berrinches hacía, más lo alejaba.
Viéndolo en retrospectiva, si había perdido a Alejandro, gran parte de la culpa la tenía Isidora.
Tarde o temprano se la iba a cobrar.
Javier, por su parte, se había fijado en una muchacha muy guapa y ya se estaba levantando para acercarse a hablarle cuando Alejandro lo sujetó del brazo.
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