—El día de mañana, cuando Isidora y Mariana terminen enfrentándose y ocurra una desgracia, tanto los Valverde como los Moreno se nos irán encima. Entonces sí tendremos enemigos de verdad. Más vale hablarles claro de una vez y hacer que ambas entiendan la realidad. Además, yo tengo mucho mejor ojo que tú para escoger nueras; será mejor que me hagas caso.
—Suegra, ¿por qué nunca confía en mí?
La abuela Vargas soltó una carcajada burlona:
—¿Y cómo quieres que confíe en ti después de tantas tonterías que has hecho? Alma Lozano, la esposa que le elegí a mi hijo en su momento, era muchísimo más sensata que tú. Por lo menos, jamás cometía errores en los asuntos importantes.
—¿En qué es mejor Alma que yo? —A la señora Vargas se le revolvió el estómago del coraje con la sola mención de la exesposa de su marido.
Esa mujer siempre había sido una espina clavada en su orgullo.
Aunque Alma se había ido de Ciudad del Norte hacía años, la gente de la alta sociedad seguía comparándolas.
Y todo porque Alma, después del divorcio, en lugar de hundirse, había levantado sus negocios y le iba de maravilla.
Por si fuera poco, se había vuelto a casar con un hombre de la poderosa familia Delgado, y allí era ella quien llevaba las riendas, no como Paloma, que siempre tenía que bajar la cabeza ante la abuela Vargas.
La abuela Vargas se burló:
—Ni siquiera hablemos de negocios; ni siquiera sabes encaminar la vida de tus hijos. Alma ya tiene nietos, y tú sigues aquí arruinándoles la vida a los tuyos. Si Alejandro y Elena terminaron, fue por tu culpa.
Al ver que todos en la sala estaban en su contra, los ojos de la señora Vargas se llenaron de lágrimas de impotencia.
Según ella, todo lo hacía por el bien de sus hijos y de la familia Vargas.
No entendía por qué nadie la valoraba.
La abuela Vargas la cortó de tajo:
—Tú y yo nunca nos hemos entendido, así que no tiene sentido seguir con esto. Alejandro y Sofía se quedan a cenar. Tú puedes retirarte.
La estaba corriendo frente a la empleada y a sus propios hijos, negándole un plato de comida en su propia mesa.
La señora Vargas se puso verde del coraje.
Jamás la habían humillado tanto.
Sin ganas de seguir soportando los insultos de la anciana, dio media vuelta y se marchó echando chispas.
La casa de los Vargas al fin se quedó en paz.


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