Después de explicarle a su abuela lo de la operación, la anciana sonrió:
—Seguro fue gracias a Diego, ¿verdad? Ese muchacho siempre hace todo lo posible por ayudarte.
Elena estuvo a punto de decirle que Diego no tenía nada que ver, pero, pensando en la salud de su abuela, prefirió guardarse el comentario.
Ya le contaría que habían terminado cuando la operación hubiera pasado y ella estuviera recuperada.
Por la tarde, Diego le marcó al celular.
—Elena, perdóname, no logré convencer al doctor Rojas de que regresara al país, pero conseguí a otro especialista muy reconocido. Es el doctor Pardo, también tiene mucha experiencia en trasplantes de hígado y ya aceptó venir a tratar a tu abuela.
—No es necesario —respondió Elena con frialdad—. El profesor Álvarez ya me hizo el favor de contactar al doctor Rojas.
Diego se quedó inmóvil por un instante.
Ni siquiera él había podido cumplir las exigencias del doctor Rojas. ¿Cómo era posible que el profesor Álvarez hubiera accedido?
No aguantó la duda y preguntó:
—¿De verdad el profesor Álvarez le cedió una patente al doctor Rojas solo para ayudarte?
—¿De qué hablas? —preguntó Elena, desconcertada.
Diego notó que ella no sabía nada y decidió explicárselo:
—La condición del doctor Rojas para venir a operar a Ciudad del Río era quedarse con una patente tecnológica del Grupo Romero. Por el bien de la empresa, no pude aceptar. Si el profesor Álvarez logró traerlo, seguro fue porque él le dio esa patente. Elena, esa es una deuda que nunca vas a poder pagarle. ¿Estás segura de que quieres aceptar semejante favor? Mira, mejor hazme caso y dejemos que el doctor Pardo opere a tu abuela.
Elena jamás imaginó que el profesor Álvarez hubiera llegado tan lejos por ayudarla.
—Voy a hablarlo con él y después te llamo —le dijo a Diego.
Enseguida le marcó a Fernando.
Al darse cuenta de que Elena ya sabía lo de la patente, Fernando dudó si confesarle que, en realidad, había sido Alejandro quien la cedió.
Pero se lo había prometido a su amigo, así que al final se mordió la lengua.
—Elena, ni te mortifiques por eso. Mientras tu abuela se recupere, yo me doy por bien servido.
Elena tuvo que contener la emoción para no venirse abajo.
—Profesor Álvarez, muchísimas gracias. De ahora en adelante, si alguna vez necesita algo, cuente conmigo para lo que sea.
Fernando se sintió visiblemente incómodo y dejó escapar una risa nerviosa.
—Bueno, bueno, no me agradezcas tanto. Tengo unas cosas que revisar, luego hablamos.
—Bueno, bueno, no me agradezcas tanto. Tengo unas cosas que checar, te dejo.

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