Isidora, llena de alegría al saber que venía, fue a recibirla.
Tras esperar media hora, la señora Vargas por fin salió con paso elegante. Llevaba un vestido largo color azul rey, un deslumbrante collar de piedras preciosas en el cuello y el cabello recogido.
Caminaba con tranquilidad y tenía una elegancia imposible de ignorar.
—Señora Paloma —dijo Isidora, acercándose con pasos cortos y tomándola del brazo.
La señora Vargas asintió, pero luego frunció el ceño.
—Le mandé mensaje a Alejandro para que viniera a recogerme con nosotras. ¿Por qué no vino?
—La verdad, no sé —respondió Isidora—. Alejandro debe estar ocupado con cosas del trabajo.
La señora Vargas soltó una risa sarcástica.
—No me vengas con eso. Seguro todo es por esa tal Elena. Por eso vine a Ciudad del Río: quiero ver qué tiene esa muchacha para hacer que Alejandro cometa tantas estupideces.
—Ay, señora Paloma, no sea tan dura con Alejandro. Todo esto pasó por mi culpa. Si hubiera sabido frenar a Sebastián, las cosas no habrían llegado a este punto.
—Las cosas nunca pasan porque sí —replicó la señora Vargas—. Si esa tal Elena no anduviera llamando la atención de los hombres, Sebastián no se habría obsesionado con ella de esa manera.
La señora Vargas y su esposo, Damián Vargas, se conocían desde niños y fueron el primer amor del otro.
A los veintitantos, terminaron porque no se entendían.
Después, ella se casó con un pintor muy romántico y talentoso, pero se divorció en menos de dos años.
Al reencontrarse con Damián, los sentimientos entre ellos revivieron y él también se divorció para volver con ella.
Sin embargo, tras siete años de matrimonio, Damián se consiguió a una universitaria como amante.
Ella manejó el asunto sin hacer ningún escándalo.
Damián le pidió perdón y le juró que no volvería a equivocarse.
Pero no cumplió su palabra.
La señora Vargas siempre se había dicho que, con la posición y el dinero de Damián, era inevitable que aparecieran tentaciones a su alrededor.
En su cabeza, la culpa siempre terminaba recayendo en ese tipo de mujeres.
Ella pensaba que Alejandro no era mujeriego, que era distinto a su padre, pero jamás imaginó que él también terminaría involucrado con una mujer a la que consideraba tan poca cosa.

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