—¡Elena! —Al ver su actitud tan distante, Diego no supo cómo excusarse.
Sin embargo, al pensar que ella había preferido aventarse de un tercer piso antes que entregarse a Sebastián, se convenció de que en el fondo lo seguía amando demasiado como para estar enojada de verdad.
Decidió dejar que se calmara; ya habría tiempo de intentar reconciliarse con ella después.
Últimamente la empresa le exigía mucha atención y no tenía tiempo para seguir discutiendo. Estaba seguro de que, como siempre, ella terminaría entendiéndolo.
Al salir del departamento, Beatriz se le fue encima:
—Diego, ¿cómo puedes ablandarte tan rápido? Si nos peleamos con los Valverde, vamos a perder muchísimo dinero.
Recordar que Sebastián había estado a punto de abusar de Elena le devolvió toda la rabia de golpe.
Con un tono frío, le reclamó:
—Mamá, ¿por qué no me dijiste bien cómo estuvieron las cosas? Sebastián casi la arruina. Si lo hubiera sabido, jamás le habría dicho eso a Elena.
Beatriz bufó:
—Siempre terminas poniéndote del lado de esa mujer. ¿De verdad piensas creer todo lo que dice? Con el estatus y el dinero que tiene Sebastián, puede tener a la mujer que quiera. ¿De verdad crees que llegaría al extremo de acosar así a Elena?
Diego sintió que era inútil discutir con ella y decidió ignorarla.
Beatriz insistió:
—¿En serio planeas demandar a Sebastián por ella? A fin de cuentas, ni siquiera logró tocarla y Elena no tiene pruebas de nada. Si nos ganamos de enemigos a los Valverde, nos vamos a quedar sin un gran aliado. ¿Acaso no quieres ganar el premio al Joven Empresario de Ciudad del Río? De ese premio dependen los próximos préstamos bancarios. ¡No hagas ninguna estupidez!
Lo agarró del brazo con fuerza y sentenció:
—¡Vas a tener que escoger entre Elena o la empresa!
Diego apretó el volante con fuerza. Dejar que Sebastián se saliera con la suya le daba un coraje enorme.
Pero tampoco podía darse el lujo de perder los proyectos y el respaldo económico de los Valverde.
La competencia en la industria farmacéutica de la ciudad era brutal. Si daba un paso en falso, la competencia lo iba a tragar vivo y recuperar su posición en el mercado sería casi imposible.
Dudó un buen rato, pero finalmente cedió:
—Tranquila, mamá. Sé qué es lo que más nos conviene.
Al ver que su hijo entraba en razón, Beatriz respiró aliviada.

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