Al escuchar las buenas noticias, Elena no pudo ocultar su sorpresa:
—¿De verdad?
—Claro que sí —respondió Isabel, sonando muy satisfecha—. Si se atreven a meterse con tu abuela, no se las voy a dejar barata. Ya verás, las haré pagar muy caro.
Los días siguientes, Elena fue a trabajar como de costumbre.
Adriana, entre los golpes en la cara y las molestias del embarazo, llevaba un buen rato sin asomarse por la oficina.
Para el equipo del Grupo Vargas, su presencia daba igual, así que a nadie le importó su ausencia.
El jueves por la noche, el director Herrera invitó a cenar a Adriana y a Fernando.
Después de hablar del proyecto, cada uno se fue por su lado.
Elena se había dejado la cartera en el reservado del restaurante, y cuando iba de regreso por ella, se topó de frente con Adriana y Valentina.
Las dos mujeres todavía traían las vendas en la cara, pero seguían luciendo sus costosas joyas como si nada.
Ellas también la vieron.
Para compensar el exabrupto de Elena, Diego le había concedido toda clase de beneficios a la familia Castillo e incluso puso dinero a su disposición para que gastaran varios millones de pesos en joyas, razón por la cual habían preferido dejar el asunto en pausa, al menos por el momento.
Además, al enterarse de que la abuela Navarro ya no estaba en el hospital y de que Elena se había mudado de la casa de Diego, Valentina y Adriana estaban convencidas de que por fin la habían hecho entrar en razón.
Al ver a su hermana, Adriana le dedicó una sonrisa cínica.
—Yo pensaba que le importabas mucho a Diego, pero ya vi que no es para tanto. Le dimos un buen susto a tu abuela y, aun así, él solo nos creyó a nosotras. Seguro te estás muriendo del coraje, ¿no, Elena? Si te queda algo de dignidad, ¡ya aléjate de él!
Elena le sostuvo la mirada, helada.
—¿De verdad creen que lo que le hicieron a mi abuela se va a quedar así?
Pensando que solo hablaba por hablar, Adriana soltó un bufido.
—¿Qué? ¿De verdad vas a demandarnos?
Sus contactos ya habían destruido el audio; no había forma de que Elena consiguiera más pruebas.
—Por supuesto que las voy a demandar —afirmó Elena, mirándolas con furia—. Siéntense a esperar los citatorios del juzgado.
A Valentina no le hizo nada de gracia escuchar esa amenaza.
Ella era su madre biológica y estaba convencida de que tenía todo el derecho a insultarla y reprenderla a su antojo, mientras que Elena no debía atreverse jamás a faltarle al respeto.
Al oír que pensaba llevarlas a juicio, sus ojos se endurecieron.


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